De limón, limonada

Supongo que no es lo habitual ir confesando estas cosas, estos errores fatales —demencias de algún dios con complejo de inferioridad, diría yo— cuando se trata de contar hazañas, de las leyendas de ligoteos de un infiel resabido y sin causa —¡ja!, eso mismo lo habría llamado mi ex-mujer— pero es la verdad, y ya que estamos haciendo un ejercicio de honestidad, allá va: me encontré en esa cita a oscuras, que no era totalmente a ciegas, con un ramo de flores y una pequeña erección de esas que suele provocar una gran expectativa, frente a mi madre.

Vale, ahora pensáis que se trata de una de esas comedias que cuentan los chistosos entre copa y copazo. Y no; no es eso. Sigue leyendo

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El infravalorado poder de la succión I

Los monstruos no siempre son la creación de elevadas ambiciones y morales deprimidas, sino que a veces nacen así estas pobres criaturas; pobres de espíritu como son, todo necesidad.

Y éste fue, precisamente, el caso de Loli, a la que su madre bautizó como María Dolores, nombre que ella borró de casi cualquier documento, excepto por el identificativo, para ser Loli a secas, sin virginidades que, pensó, no iban con ella. Sus compañeras del cole sí pensaban que le hacía honor pues les resultaba, como ocurre con muchas pelirrojas de facciones grandes, llanamente fea y la creían entonces; y también después, al alcanzar la madurez, cuando se confirmó que el resto de su esqueleto no alcanzaría a proporcionar nunca el enorme tamaño de su cráneo y que por ser chica de huesos grandes no habría carnes que lo cubrieran debidamente más allá de dos bultitos en el tórax y otro par en el punto exacto en que cabría esperar un buen culo que hiciera de sus rodillas, por comparación, algo más femenino.

Loli, sin embargo, quizás por tener dos hermanos, mayores que ella, feos de verdad, con verrugas, calvas precoces y halitosis crónica, paseaba por su adolescencia y siguió paseando por el resto de la vida como si de una beldad se tratase, confundiendo a sus amigas y aún más a los hombres que osaban su cama seguros de que la pobre andaría desesperada ya que, muy al contrario, necesitada de admiración como se sentía, desaparecía satisfecha con el apremio de sus conquistas sin haber pagado el precio, sin haber apaciguado ardores ni relajado durezas, sonriendo satisfecha incluso cuando alguno se atrevía a llamarla calientapollas. No está echa la miel para boca del asno, contestaba ella.

Poseía pues el convencimiento de su superioridad y creía, como muchas antes que ella, que, por su cara bonita, lo conseguiría todo. Incluso un empleo justamente remunerado pese a su currículo lleno de habilidosos parches y aptitudes que, según ella, le hacían merecedora de posiciones como mando intermedio. De esta forma convirtió empleos de dependiente en responsable de suministros y cursos de escaparatismo en los de una auténtica cool-hunter. Y gracias a estos pequeños retoques que ella, en su fuero interno, declaraba reales como la vida misma y por tanto debían serlo consiguió, un día, llamar la atención de un señor importante al hacerle ver que ella, al contrario que otras, sabía vender su producto.

El Sr. Importante no se lo pensó dos veces e invitó a Loli a unirse a su equipo seguro de su éxito y, para convencer a todos, dejó que Loli misma se presentara ante una sala llena de hombres demasiado convencidos de su superioridad y poco dados a reconocer lo que Importante había pensado en los últimos meses: necesitaban sangre fresca.

Como en las altas esferas de cualquier empresa, la atmósfera se cargaba a menudo con el humo de la paranoia y la conspiración hasta el punto de que es fácil encontrar a cualquier jefe de ventas sospechando su envenenamiento como si del propio Claudio se tratara y ofreciendo a beber de su copa a sus subalternos antes de arrimarsela a los labios propios. Los subalternos caían en Importancia S.A. como moscas; cualquier excusa era buena: participar en una huelga, discrepar de los métodos de un encargado que es a la vez cuñado de un directivo, pedir un aumento de sueldo, etc.

Loli sabía que no sería aceptada con facilidad y cuanto más lo pensaba más rabia le daba que, teniendo el beneplácito del Sr. Importante, tuviera que convencer a aquel atajo de arrogantes sexistas por lo que, después de meditarlo unos segundos, decidió dos cosas:

  1. El Sr. Importante debía confiar mucho en el criterio de aquellos chuletas sin más mérito que el de haber llegado primero, y esto apuntaba a cierta inseguridad por su parte.
  2. Si no puedes unirte a ellos, debes ir contra ellos.

Continuará…

La navidad de los niños buenos

Qué poca lucidez, ¿no? Me refiero a la de esas personas que parecen escoger tal o cual fecha para sentirse deprimidos. Y cuánta originalidad al deprimirse por Navidad, ¿no?

A mí me da igual la época del año. Lo que mal empieza mal termina y eso se puede aplicar al año entero, al lustro, a una década, a una vida. Bueno, eso si te da por ahí, por amargarte. Sigue leyendo

De flor en flor

No me voy a excusar con la historia de siempre. Aunque sea cierto que, sí, mi planeta perecía y nosotros teníamos que encontrar otro hogar y que, claro, nuestra forma de vida, esa que a vosotros os parecería parasitaria —os equivocáis de cabo a rabo, por cierto— no podía convivir con la vuestra y la vuestra no podía competir con la nuestra, etcétera. Todo esto, pese a ser verdad, no es más que la razón de que estemos aquí: yo del todo; yo siempre. Tú a medias, por poco tiempo. Sigue leyendo

Un destrozo

—Nunca he apostado ninguna parte de mi cuerpo, y tampoco he dejado que el destino me ganara ninguna mano en un momento de deseo irrefrenable, irracional; quiero decir que nunca he exclamado nada parecido a “daría un brazo por tenerlo”; mucho menos lo daría todo.

Y en el último momento, antes de saltar, me asalta el vértigo: sé que me voy a destrozar al tocar tierra. Por eso no apuesto; no arriesgo. Vamos, que no salto.

Así que, después de tropezarnos en la cola de facturación y tras coincidir en otros dos aeropuertos más durante aquella travesía tan larga y llena de escalas, me planteé jugar a que era otra. Una otra de la clase que se apunta a echar uno rapidito entre vuelo y vuelo. ¿Por qué no?, me preguntaba. Porque no, me contestaba. Así sin más, tajante. Pero, Carpe diem, querida, insistía yo…

Supongo que porque soy mujer fui capaz de mantener un diálogo interior y, a la vez, continuar mirándole, sentado allí, en la cafetería de Heathrow, sin parecer del todo absorta. Pero también supongo que, al no ser tan femenina como otras, no supe realizar una tercera tarea: fingir algo de desinterés. Por eso, me imagino, se acercó; debió de saber que aquel día él tenía un full.

Pocas cosas me resultan más absurdas que esa costumbre que tenían antes los hombres de pedir la mano de una mujer —¿Qué pasa con el resto del cuerpo?—. Y eso es lo que él hizo, al fin y al cabo: se sentó a mi lado y, sin mediar palabra, tomó mi mano derecha con su izquierda. Mi mano, para ser del todo sincera, se encontraba muy a gusto, aunque no reaccionara, atrapada en la suya.

Hay mujeres que viven hasta los 94, convirtiéndose en una institución, la más temida, odiada y reverenciada, dentro su familia. Y luego mueren después de haber estado fastidiando la siesta a sus nietos, el domingo a la nuera, el día entero al hijo impaciente por heredar.

Hay mujeres que, a los 40, echan un polvo con el novio y quedan después plácida y complacidamente dormidas un par de horas antes de sufrir un derrame cerebral que las sumirá en ese sueño denso del que sólo se despierta al otro lado; del que no se despierta en absoluto.

También hay mujeres que se apuntan a echar uno rapidito entre vuelo y vuelo. Y mi mano estaba a punto de reaccionar por lo que tomé una decisión rápida, tajante: retiré la mano.

Al principio no vi más que lo que quise, una especie de sorpresa dolorosa en sus ojos. Pero en seguida entendí que el tipo no sufría; se había limitado a probar suerte y a aceptar después el rechazo como quien acepta perder la partida. Tomé nota veloz para futuras ocasiones, futuros viajes que duran más de un día. Así es cómo se hace, fríamente, sin apostar, en realidad. Ya me veía compartiendo camarote con perfectos extraños durante las largas noches de ferris; contorsionista en el lavabo de algún tren de largo trayecto. Llegué a relamerme antes de realizar un último esfuerzo por conectar con la cruda realidad. Lo que había visto en sus ojos fue primero esfuerzo, después satisfacción.

Y sólo al intentar salir corriendo con mi equipaje de mano, la maletita con ruedas en la que llevo el portátil, los contratos, mi vida laboral, me di cuenta de que carecía ahora de diestra para tomarla por el asa y tirar de ella.

También él se levantó para salir huyendo raudo. Pierdo mi vuelo, creo que le oí decir, aunque estaba yo distraída observando lo que me parecieron las yemas de mis dedos índice y corazón —al fin alguien se había llevado uno de los tres que poseo— y preguntándome cómo iba a hacer de ahora en adelante para escribir, para cambiar las marchas, para… No sé… Para todo. Se lo puede imaginar, ¿no?—

—Sí, claro, claro,… En fin, creo que tengo algo ideal para usted; es algo retro, pero ya sabe que todo vuelve, no hay que tirar nada que no esté estropeado porque todo vuelve a tener uso en estos tiempos tan volubles.

—Cuánta razón tiene…

—Bueno, pues aquí lo tiene: un garfio; monísimo, todo chapado en acero quirúrgico, que vale un poquito más pero que tiene sus ventajas.

—No sé, es que no me parece muy práctico… Bonito y elegante sí, ojo, pero para lo que yo necesito…

—Huy que no; menudos destrozos se pueden hacer con esto.

—Pero, ¿seré capaz?

—Ya lo creo, mujer: Carpe diem, señorita.

El intercambio

Seguro que es porque nunca me habían regalado flores hasta que lo hizo él. Por eso y porque crecí observando la bonita rutina, el intercambio de favores entre mis padres. Sí, seguramente esto segundo; porque me maravillaba ver el escrúpulo del cumplimiento, más allá de desgastes, de esa especie de tradición que mantenían a toda costa: ella revolvía el arroz con los dos huevos fritos para él en aquella pobre versión de arroz a la cubana en la que mi hermano insistía cada vez que mamá pedía consejo, sugerencias, al programar el menú del día; mi padre aplastaba incansable las judías verdes en el plato de mi madre, mezclándolas con las patatas cocidas, el aceite de oliva y el vinagre, hasta lograr una pasta homogénea que habría podido perfectamente salir del bol de una de esas mixers de las que prescindía la generación anterior y que aparecen ahora listadas entre las instrucciones para la elaboración de cualquier receta. A veces pienso que de haber nacido yo sólo cinco años más tarde, tal vez  no sabría batir el huevo para una tortilla con un tenedor.

Fue mucho tiempo después, tras haber meditado ya qué clase de favores secretos o juegos de sobremesa podría yo practicar, ofrecer como señal inequívoca de mi profundo amor a aquél que sería mi amante vitalicio, cuando comprendí finalmente, o quizás pregunté y, tal vez, me contestaron, que esa fidelidad de mantel que se prodigaban el uno al otro, cansinamente, llegó a parecerme, no se debía más que al mutuo reconocimiento de sus respectivas debilidades o, en cualquier caso, de su incapacidad para llevar a cabo determinadas tareas. Sencillamente, él era un manazas sin la habilidad necesaria para revolver un plato de arroz, por profundo que fuera, sin esparcir media ración sobre la mesa; ella, en cambio, se sentía sin ánimos suficientes para insistir una y otra vez con un tenedor sobre unas judías que debieran haber pasado más tiempo sobre el fuego.

Sin embargo, lo intenté. Tantas veces como amé para siempre. Jugué con los relojes y las baterías de cocina; con zapatillas y frases hechas que ellos sólo habrían oído de mi boca. Pero ninguno fue constante en sus reacciones o en el intercambio y pronto olvidé el juego como olvida cualquiera la partida que se juega contra el tablero inerme.

Hasta que le conocí a él y me regaló flores.

Fue el primero en hacerlo, posiblemente por mi culpa. Recuerdo aquel anuncio en televisión: ella elegante, él seductor; cenan a la luz de las velas en un restaurante con lista de espera de varias semanas; alguien se aproxima a su mesa y, de pronto —debe tratarse de un chino— le ofrece al caballero la oportunidad de comprar una rosa roja y fresca para la dama. La dama niega la necesidad de tal ofrenda. El chino insiste; el caballero se muestra voluntarioso. Ella deniega con una sonrisa, mirando el fondo del plato, aunque creo que sólo contempla su propio deleite. El caballero cede y también lo hace el chino, que marcha sin desánimo hacia otra mesa. Entonces la dama abofetea al caballero antes de salir huyendo en el precioso coche de mujer independiente, adicta al trabajo y a su desmesurado salario que no sabe, después de todo, decir sí diciendo no. O no sabe escoger un hombre que entienda su idioma contradictorio.

¿Te gustan las flores?, me preguntaban, y yo decía que no. Y no es que no me gusten, es que nunca quise reclamarlas como no quise nunca reclamar piropos ni poemas de amor ni promesas. Aceptarlas sí, pero jamás solicitar para languidecer durante la espera más larga. Y languidecer también sabiendo que nunca llegarían, aunque no tanto ya que soy alérgica al polen.

A él le hice un bizcocho una de esas tardes aburridas. Nunca he sido una ama de casa de esas que ensayan platos deliciosos, de esas que caldean la casa para cuando él llegue justo antes de que caiga la noche más cerrada del invierno, no de esas que conocen recetas de cócteles y la forma más sugerente de servirlos y, desde luego, nunca he contado con un instinto maternal. Pero me pareció bien preparar aquel postre o merienda o desayuno, lo que él prefiriera, como una forma cualquiera de demostrarle que mi clausura en su vida no era en vano. Y tuvo éxito. Como suele ocurrir, más el gesto que los ingredientes, pero le encantó y dio buena cuenta de él en pocos días, ahorrándome así la ingesta de azúcar nunca me ha resultado tan reconfortante como a otras. Y también debió de sugerirle que había llegado la hora de los intercambios, esa etapa artifiociosa por la que parecen pasar todas las parejas mientras sus sentimientos son secillos e impera la necesidad de complicar el protocolo. Aquel mismo viernes apareció en casa con una docena de rosas que abracé con horror envuelto en placer de la misma forma en que el papel celafán envolvía mi docena de paradojas carmesí que me obligaron a llorar tan pronto las vi, lamentando mi falta de confianza al no atreverme a descubrir su error y mi falta de tacto al considerar desencantarle así, en aquella primera vez entre los dos y para mí sola.

Le di tantas vueltas al problema como al ramo dentro de la casa. Por qué no las compraría de plástico. La solución era tan cruel como obvia: debía deshacerme de ellas pero, ¿cómo? Se me ocurrió mientras él dormía una siesta arropado por las migajas de mi segundo bizcocho, que si se tratara de una persona fingiría un accidente; así que practiqué ante el espejo pero sin separar los labios: amor mío, algo horrible ha ocurrido pero debemos superarlo; las rosas han fallecido hoy tras una sobredosis de aspirina en el agua del jarrón. Claro que, puestos en esto, quizás fuera mejor el caso de la muerte natural.

Otras lloran mientras pelan y pican cebollas. Yo lo hice mientras deshojaba las rosas una a una, pétalo a pétalo. Y así, ya oscurecidos por no estar más en contacto con el tallo vivo, no tuve ningún ningún remordimiento al arrojarlas a la basura.

Me sentí aliviada, y en ningún momento culpable al exagerar mi pena por la pérdida de aquella bonita muestra de afecto. Quizás llegué a exagerar mi ánimo compungido ya que dos días después apareció él asomando su sonrisa tras otro jardín enraizado en celofán.

Tardé tres días esta vez, la mitad, en asesinar las flores y esconder los rastros de mi culpa. Tanta prisa me di que hasta tuve tiempo de prepararle otro bizcocho.

Así continuamos durante años: llorando yo de emoción al recibir mis rosas cada semana y comiendo él con ganas su premio a su amor sincero. Le estoy preparando otro incluso después de haber encontrado, mientras deshojaba las rosas sobre el cubo de la basura, todas las migas del anterior en el fondo de la bolsa.

Para siempre

Era muy guapa cuando yo la conocí; una de esas mujeres capaces de llamar la atención de todos y todas sin necesidad de artificios, sólo con su belleza natural. Pero era también demasiado tarde. Estaba muy enamorada, obcecada, pensaba yo, de él.

Y como él le contó que era descendiente, no tan lejano, del mismísimo Matusalén, y al parecerle tan listo, tan experimentado, tan vivido, no le cupo la menor duda de que estaba tirándose a un señor de unos noventa años —el nunca desmintió ni confirmó esto— perfectamente conservado gracias a la sana costumbre consistente en la ingesta diaria y matutina de una copita de orujo. Tampoco tomaba carne, cafeína, azúcar o lácteos, ni consideraba civilizado a ningún ser humano que los consumiera.

Pronto ella comenzó a imitarle, ilusionada con una longeva vida en común, y se negó a seguir trasnochando los fines de semana con todos nosotros; después dejó de acudir a fiestas donde pudiera rozarle el humo de cigarrillos. Nunca logró acostumbrarse, sin embargo, al varonil desayuno de su amado, y fue éste el único cambio en su rutina al que se resistió, apoyándose, además, en muchos y variados artículos que encontró en internet después de teclear en el buscador algo así como “envejecimiento prematuro por alcohol” y que él escogió ignorar en vista de los excelentes resultados que le había proporcionado.

Lamentablemente, pese a todas las medidas preventivas, se levantó una mañana para descubrir horrorizada la aparición de una pata de gallo. Todos le dijimos que era diminuta, que era inapreciable a simple vista. Jamás he conocido a una mujer con tal determinación: “Es por todas esas risotadas que me doy cuando nos juntamos todos y por todas esas charlas tan reivindicativas, esas que me obligan a fruncir el entrecejo… Está bien, se acabó. Se acabaron todas esas expresiones. Si no podéis de ahora en adelante hablarme sólo del tiempo, no hablaremos en absoluto”.

A mí no se me da muy bien hablar sólo del tiempo, pero no quería echar de menos a mi amiga, así que comencé a consultarlo todas las mañanas en eltiempo.es y a tomar nota en mi agenda de las evoluciones climáticas a lo largo de toda la semana; aprendí innumerables sustantivos para hacer referencia a fenómenos atmosféricos que me permitieran hablar una hora con ella, sin repetirme demasiado, todos los sábados en la cafetería del centro comercial, antes de comenzar nuestras compras, y durante las que ya no la veía tomar nada que no fuera agua mineral. Me han comentado que alguna noche en que la ausencia en sociedad era inexcusable, se la llegó a ver con una tónica en la mano, pero de esto no puedo hablar ya que nunca fui testigo.

Sea como fuere, se las apañó para llegar a los 68 sin más arruga que aquella primera pata de gallo que tanto la trastornó y que logró disimular la gran mayoría de los días (aquéllos en que no hacía mucho sol) con un poquito de crema hidratante en cuya elaboración no hubieran intervenido los horrores de los laboratorios de experimentación en animales.

En cuanto al cartílago, no tuvieron suerte ninguno de los dos. Desde luego, coincidían en que algo tan intrusivo y agresivo en sus cuerpos como resultaría ser una rinoplastia quedaba fuera de cualquier consideración, pero, además, ¿qué cirujano se prestaría a recortarles la orejas? “Escúchanos, hablando de nosotros mismos como quien habla de lebreles”.

Se resignaron, pues, a la añadidura a sus hermosas anatomías de dos centímetros más cada treinta años y fue así cómo les sobrevino la desgracia ya que, el año en el que alcanzaban los cinco siglos de edad —más o menos, no me obliguéis a la exactitud cuando se comenta la edad de una dama—, un terrible accidente terminó con sus longevos amores: ella le descubrió bebiendo otra copita más de orujo por si acaso, a las seis de la tarde, y, natural y justamente furibunda, se abalanzó sobre él para arrebatarle la botella al tiempo que gritaba, según los vecinos que pudieron escucharla: “¿Descendiente de Matusalén tú? Si no eres más que un borracho embustero. Seguro que no habías hecho ni los treinta cuando te conocí”, justo al mismo tiempo que él se adelantaba buscando una disculpa: “¿Embustero yo? Si no fuera por mí hace ya tiempo que estarías criando malvas, vieja acartonada”, y tropezando el uno con el lóbulo de la oreja de la otra y está cayendo, arrastrando en la caída, pisando sin querer y provocando una hemorragia de dimensiones sólo equiparables a las del Nilo en uno de aquellos ataques de ira del dios de los esclavos de Egipto, en la nariz del anterior.

Ninguno sobrevivió a las magulladuras y, según se contó en la prensa tras el comunicado policial sobre el incidente, la pareja llevaba ya trece lustros tirándose de las orejas y pellizcándose la nariz.

Miserias

Estaba decidido. Iba a tener un día genial. Pese a mi jefe y el haberle regalado ya ocho horas de ese día estupendo. Pese a que me daba miedo consultar mi saldo en el cajero, con el corazón congelado un segundo mientras el monstruo decidía si podía permitirse o no —si podía permitírmelo yo— darme ese billetito de veinte que sospechaba mi última oportunidad de vivir como un ser digno un día más —sólo un día más, por favor, mañana cobraré la miseria de todos los meses y comenzará una nueva oportunidad para mí; pero prometo llevar una vida sencilla, austera; sólo te pido mis veinte euros, que no me digas que no puedes por un miserable céntimo, más miserable que yo mismo—. Pese a la lluvia desganada en la caída y el viento, muy frío ya, arrojando las solapas de mi gabardina contra mi cuello y obligándolas a susurrar el deseo de la limpieza en seco que nunca llega como no llega mi sueldo a fin de mes. Y, pese a todo, digo, un día magnífico, como los anuncios de navidad, lleno de lucecitas reflejadas en todas las vidrieras en las que contemplaba caminar, con paso decidido por alcanzar la gloria, a ese hombre que se siente rico porque se ha levantado de buen humor y ha sabido enamorar al grotesco expendedor de fortunas automático y le ha hecho el amor por una miseria. Viva el amor barato. Viva el sexo electrónico.

Cuando alcanzo la última vidriera, la que hace esquina y queda a sólo unos pasos de mi casa, la puerta no ha terminado de cerrarse tras la entrada del último cliente. Me llega una vaharada cálida cargada del aroma de la cerveza, el vino, el brandy y demás licores a los que nunca fui tan aficionado como mi imagen de trascendente conversador y adicto a todo lo que es placentero en esta vida, amigo de la noche cosmopolita, me exigió. También huelo el humo de cigarrillos y puros que escapa por la rendija al umbral del local y se queda ahí por un segundo, formando una nube densa e indecisa antes de ser desterrada por el viento y la humedad y convertirse en lo mismo que se convierte mi deseo por un trago al recordar mi precaria situación económica: nada. Pero, eh, quién necesita un trago en un día como este; me tomaré un café bien cargado y disfrutaré del confort que mi pequeño apartamento proporciona aunque sólo sea por cuestiones de rutina.

No obstante, aclarado el asunto, sopesados pros y contras, mi cautela vencedora, echo un vistazo a través de los cristales algo más oscuros que un escaparate convencional —no deben sentirse quienes buscan entretenimiento para los momentos de ocio expuestos mientras se lo procuran— y la veo allí. La veo por un segundo sólo antes de que se dé la reciprocidad. Creo que me ha dado tiempo a pensar que, sin duda, sus ojos sobre mí resultan más nocivos que los míos sobre ella. Mi ella. Bueno, mi ex.

Giro sobre mis talones para alcanzar la puerta que aún no ha terminado de cerrarse y aprovecho para plantearme algo tan profundo como el sentido de la vida y la relatividad del tiempo, convencido de lo singular de mi última experiencia vital: he estado un año entero plantado delante de —ahora sí— el escaparate que me ofrece el objeto en el que empeñé toda mi codicia y en ese año, en esos largos doce meses, doce lustros —la precisión carece aún de importancia en este mi nuevo cuantificador existencial— sólo un hombre con sed indeterminada ha pasado al interior del bar creando las altas presiones que ahora me facilitan el acceso a ese que acaba de convertirse en su reino. Siempre le gustó mandar, lo recuerdo.

Mi pie izquierdo ha alcanzado casi el escalón que forma mi descenso a ese ambiente recargado con el lujo de la despreocupación; despreocupación por el precio de las copas, por la tarde gris que se torna negra, muy despacio, tan lentamente como transcurren las conversaciones susurradas en números pares hasta la hora en que nos esperan en casa con la cena lista —a mí no me espera nadie— cuando deshace ella a velocidad de vértigo los últimos pasos que he dado y que parecen haber consumido toda una vida. Soy consciente entonces, en el momento en que ella está plantada ante mí, con su gesto más afable y su media sonrisa cautelosa, de que está acompañada por un tipo de aspecto interesante —estoy seguro de que su valor mejor cotizado y el único en el que ella repara para prestarle a comparación se esconde, fláccido, encogido en este momento, en su bragueta. Pero ahora todo tiene sentido.

¿Por qué le protege?, me pregunto; es cierto que me la follaría, a la voz de ya, aquí mismo, sobre la barra, delante de todos estos señores bien pagados y con corbata, y si no me corriera en pocos segundos sería por la distracción de sus rizos de ese tono jengibre tan falso y que, chocantemente, resulta ser su color natural, empaparse en los redondeles de cerveza agria que el camarero ha olvidado limpiar al presentir que sí, que si digo que sí es que sí y que aquí mismo me la follo. En fin, que sí, que, como iba diciendo, me la tiraría cuando fuera pero no me partiría la cara por ella. Y ella lo sabe. Pero él no. Y, claro, nos da la espalda; incómodo él; confiada ella. Me protege a mí. Sí que es verdad que le gusta mandar, lo recuerdo.

—Hola, Gonzalo. ¿Cómo estás?

—¡Cómo estás tú!

—Ya veo que conservas tu sentido del humor.

—Mi casa, mi coche y alguna baratija más las tienes tú; pensé que debía quedarme con algo.

Se le entristecen los ojos. A veces pienso que sí es una persona y no uno de esos cajeros automáticos disfrazado de humana. A veces me da miedo.

—Bueno, ya que nos hemos encontrado… Quería pedirte un favor. Espero que no te importe.

—Para ti todo cuanto necesites— creo que al final lo expreso en tono neutro, sin sarcasmo.

—¿Podemos subir a tu piso para hablarlo?

—¿Y tu acompañante?

—Le he dicho que espere. Sólo será un momento.

Adivino inmediatamente que no nos hemos encontrado por azar. Realmente necesita algo y viene preparada para negociar. Quisiera estar yo también preparado; me encantaría salir ganando por una vez.

En mi piso me permite que le retire el abrigo largo y lo cuelgue en la percha, ilusionado con la idea de que quizás la visita no dure sólo un momento. Me imagino al pobre desgraciado que la acompaña, el que espera abajo, en la barra, bebiendo sin sed, fumando sin ganas, suponiendo que me va a pagar bien cualquier favor que tenga que pedirme.

Preparo café después de que ella mencione que toda la casa huele al que yo hacía tan rico por las mañanas. Me siento en el mismo sofá que ella, sin esperanzas; se trata sólo de una fuerza mayor: sólo hay un sofá en mi apartamento porque sólo cabe uno; además, es mi cama. Tenerla allí sentada como está, las piernas juntas, asomando sólo por su falda desde la rodilla donde se apoyan sus muñecas, los largos dedos buscando algo en el aire con lo que jugar —algo a qué agarrarse— me produce la impresión de que alguien ha dejado caer una muñeca tamaño natural en mi trinchera de soldado falto de consuelo. No calculo antes de preguntar:

—El tipo ése del bar, ¿es tu novio?

—Sí. En cuanto se termine de tramitar el divorcio nos casaremos.

—¿Cómo se llama?— finjo interés porque en el fondo soy buena persona —¿A qué se dedica?, ¿cómo os conocisteis?

—Vamos, Gonzalo, ¿qué más te da?

—Creía que… No sé… Que como vas a pedirme un favor podríamos ser amigos y los amigos se hacen preguntas y se cuentan cosas, ¿no?

—Es periodista.

—Vaya, un reportero intrépido. Estarás contenta…

—Claro. Mucho.

—Y, bien, ¿qué puedo hacer por ti?

—Como te he dicho, en cuanto los trámites de divorcio finalicen, nos casaremos. Será una boda rápida, nada tradicional. Necesito que te quedes con el perro mientras estamos fuera, de luna miel, ya sabes.

—Qué morrazo tienes, Carmela. Pídeselo a tu familia.

—Sabes bien que no me hablan desde que te presenté en el cumpleaños de mi sobrino y le tiraste los tejos a mi cuñada.

—Eso fue cosa del alcohol y del ambiente festivo, ya lo hemos hablado muchas veces.

—Gonzalo, casi te la tiras encima de la mesa; o sea, encima de la tarta de cumpleaños.

—En cualquier caso, eso fue un desliz mío, nada de lo que tú seas responsable salvo en la parte de haberme tenido a dos velas toda la semana previa y llevarme a la fiesta a conocer a tu maravillosa familia más salido que el pico de una mesa.

—Bueno, ya sabes cómo son en casa. Mi madre, tan tradicional, no perdonó que saliera con un borracho miserable como tú.

—¡Vaya por dios! Sabía yo que al final me lo echarías en cara. Bonita forma de pedir un favor. Y seguro que crees que va a funcionar, que estoy dispuesto como siempre a complacerte.— Supe entonces, lo vi clarísimo, que cedería. Siempre cede, ahora lo recuerdo —Tendrás algo con lo que satisfacer mi buena voluntad, claro.

—¿Qué necesitas? ¿Dinero? ¿Cuánto?

—Con mil me apaño. Y quiero follar.

Es entonces cuando ella, con prisas y energía, hace aparecer un talonario del bolso —siempre me pareció destacable su habilidad para mantener ordenados todos los contenidos de su bolso, al contrario que la mayoría de las mujeres. Algo maquinal y frío, ¿no?—. Y luego, tras extender el cheque por la cantidad acordada y después de que yo lo coloque en la mesita del café, como si no tuviera ninguna importancia, como si no me considerase salvado por treinta días —duraría bastante menos pese a reunirse en mi cuenta con mi cochino sueldo—, y esta vez muy despacio, se pone de pie, se levanta la falda dejándome ver el encaje que decora la banda elástica de sus medias, tira hacia abajo de sus bragas, también de encaje negro —no sé cómo se las apaña para no pillar una cistitis tapándose tan poco en días como éste— se pone frente a mí, avanza su rodilla derecha y la coloca al lado de  mi cadera izquierda en el sofá, y lo mismo con la izquierda hasta quedar sobre mí a horcajadas. No me mira en ningún momento. No le agrada la situación pese a lo mucho que le gustó siempre ceder, si no recuerdo mal.

Huelga decir que no necesito más de cinco segundos para desabrochar el botón de mi pantalón y bajar la cremallera pese al poco espacio de maniobra que ella me deja. Sé que otros se habrían entretenido rozando y acariciando. Yo no. Esto es una negociación. Follar por negocios es la mejor forma de joder que se me ocurre. Y a ella me la follo yo, pese a que está sobre mí, porque no le doy ocasión de sentir ningún placer; está pagando por un favor, ¿no?

Cuando acabamos, unos dos minutos después de comenzar, ella se va al baño, a limpiar las pruebas. En algún momento sale del apartamento diciendo sólo: —Te llamaré unos días antes de que nos vayamos para darte el perro. Espero que lo cuides, Gonzalo.

Yo apenas me doy cuenta de que ella ya no está aquí. Disfruto pensando en el mes de diciembre que me voy a pasar con los mil extra que acabo de ganarme y, lo confieso, con la fantasía de que cuando ella haya regresado al bar se haya encontrado con el reportero intrépido sumergiendo la nariz entre las tetas de alguna golfa disfrazada de mujer respetable de las que frecuentan todos los bares de esta ciudad. ¿Miserable? Ya he comenzado diciendo que sería un día ejemplar. Además, veo que al final no se ha tomado el café que tanto le gusta. Por quedar por encima. Cuánto le gusta mandar.

A la sazón

Debería comenzar por reconocer que no soy demasiado perceptiva. Y no se trata de una incapacidad para la observación; muy al contrario, me entretengo en detalles mínimos y exploran mis cinco sentidos todo aquello que se ofrece abiertamente o sólo se insinúa. Ah… Cuento con la habilidad y la paciencia pero mi imaginación, definitivamente en ella está la falta, me pierde. Y es que poseo ese gusto por ver lo que no hay, por percibir, a fin de cuentas, eso que más me complace y que me permite rellenar los huecos de una vida que, sin mi talento pervertido, sería como cualquier otra.

Y en cuanto a él, más me habría valido ser realista; pero no recordaba cómo serlo. De lo contrario no le habría ofendido durante nuestro primer almuerzo juntos. Lo recuerdo perfectamente: me acerqué a la mesa y le miré con la seguridad de quienes tendemos a confundirle con un aburrido contable —en mi defensa alego que eso es lo que parece, tal es su sobriedad en el vestir y hasta en el peinarse; casi parece chocante, un amotinamiento de su alter ego, ese eccema incurable y sempiterno, plantado ahí, como una pancarta, en el centro de su frente que cobra amplitud con los meses en su incipiente calvicie que jamás disfrazará con un rapado al 2— mientras permití que me untara entera con esa forma de mirar que tiene arrastrando sus ojos color mostaza que me impregnaron para siempre de sabor. Aunque, tal vez, no pudiera ser mía toda la culpa. Quiero decir que fue algo ridículo aquello que dijo Elena, cuando yo llegué, sobre lo conveniente que sería dejar a un lado  ese romanticismo que aseguraba ella haber detectado en mí desde el primer momento, y probar a salir a tomar unas copas con él, con ése de ojos extraños que me hacían sudar las gotas de siempre —por eso no me daba cuenta— y que yo ya había escuchado a las demás chicas en la oficina calificar de baboso bobalicón desesperado. Y qué contesté yo a las insinuaciones de Elena que tanto le mortificaban y que sólo valoraban de él su capacidad para hacer dinero —entonces, seguro, no es más que otro aburrido contable—, qué palabras acudieron a mi boca sin pasar antes por mi cerebro, ni tan si quiera para su distorsión y posterior olvido: —que me avise cuando tenga tanto que pueda permitirse el amor de carne y hueso; pero, ante todo, de carne.

Él no dejó de sazonarme ni un segundo con sus ojos. Y tampoco me condenó; no entonces.

No sé qué me digo… Él no me condenó nunca y se limitó sólo a absorber mi primer sarcasmo con sus ojos, como si quiera añadir algo de picazón, la justa, la que se detecta sólo tras la ingesta, a su marinado; y lo hizo tal que hace el tahúr con el contrincante ganador, sólo porque le sabe principiante y en su buena mano reconoce azar y no peligro. No. Me condené yo sola.

Fue al acostumbrarme a que me mirara. Mi piel, yo lo sabía, adquiría otro aroma, otro matiz su sabor, macerada en sus insinuaciones y su sonrisa que otras rechazaban por demasiado húmeda. Y a mí, todo eso, dejó de importarme. Comencé a intuir su deseo en su actitud queda y reservada. Un hombre sociable que se mostraba incluso alegre muchos días, se acercaba cada mañana a la máquina del café que él tomaba bien cargado de renuencia por desearme buenos días; harto estaba, me decía yo, de desearme cada una de sus noches agitadas.

Fue así como llegué yo depender más de que me mirase que él de verme. Dejé de sentirme bonita si no era vista con sus ojos. Y me volví loca. Me volví sombra de sus pasos, risa de sus ingenios, aplauso de su discurso. También quise ser el jarrón donde vertiera esa salivación que tantas veían por igual en sus comisuras y en sus lacrimales. Estaría enamorada, supongo. Pero él no quiso besarme; —qué extraño— pensé —que no sienta lo mismo.

Y lo achaqué a su tozudez.