Como un perra

Mujer anzueloLos perros no tienen conciencia del mañana ni del ayer. Si tienes un perro y un trabajo, cuando sales de casa para ir a trabajar, tu perro se siente abandonado, dejado de la mano de dios —o de la tuya— y unos minutos después comienza vivir el resto de su vida, de la forma más inconsciente, sin ti.

Quizás recuerde que hay vidas más alegres; es entonces cuando acude a la cocina, al jardín, a la terraza o a donde quiera que le dejes el cuenco decorado con un hueso, lleno hasta arriba de pienso, justo al lado de la palangana que tu madre te compró para que puedas fregar los platos igual que ella: con 5 litros de agua calentita y una sola gota de Fairy —hay que ahorrar— también llena de agua, sin Fairy, pero con otros elementos más o menos abundantes dependiendo de las molestias que te tomes a la hora de limpiar para tu mascota. Sigue leyendo

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La blanda voluptuosidad que se ahogó en una infusión laxante

Mi jefa casi tuvo un accidente: —Con un todo-terreno, ¿sabes?— me lo explicaba mientras nos tomábamos el café de las ocho y media; aún habría otro a las diez y el siguiente, a las tres y media, después de comer —La cosa es que me encanta ese coche, ¿sabes? tan voluptuoso— dijo, apunto de escupir al pronunciar la P. Sigue leyendo

Acerca del Amor, propio

Hola. Hacía ya un tempo que no me pasaba por aquí. Había considerado no volver a hacerlo. Pero Jaute es una pesada. Ni más ni menos que ha interrumpido mis castizo desayuno a base de churros para comentarme algo que ha leído hoy: un artículo que se titula El Quijote quiere ser tu amigo en Facebook, o algo por el estilo. No ha dejado de dar la brasa hasta que lo he leído y he prometido darle mi opinión al respecto que, por cierto, aquí viene.

No entiendo bien por qué mi opinión ha de ser más certera que la suya… En fin, el artículo va —espero que lo hayáis leído, que para eso se ha puesto ella tan pesada con que había que enlazarlo— sobre como algunos autores de ficción, da igual el medio —literatura, cine, televisión— crean perfiles en Facebook para promocionar su obra, algo así como el marketing, y de como esos personajes han terminado por parecerles reales a sus contactos que, esperemos, sí sean de carne y hueso.

Pero para mí, el artículo no va de eso, no va sobre el marketing ni sobre lo ingenioso de los autores de estos caracteres. Va sobre el amor —Amor, para que Jaute se quede a gusto—.

Hace muchos años, cuando salió la peli aquella de El Proyecto de la bruja de Blair, yo no estaba aquí, sino por esos mundos de Dios, intentando aprender un idioma extranjero. Al final parece que la única extranjera era yo… Pero me estoy desviando un pelín. A lo que iba: los productores de esa película lanzaron en ese país en el que yo vivía una campaña publicitaria que jugaba con la veracidad de los hechos que después nos contarían con todo lujo de detalles desde la gran pantalla. Fueron muy ingeniosos: por ejemplo, usaron los cartones de leche que, por aquellos lares, se usan para publicidad ajena a la marca, para poner fotos de los tres protagonistas dándolos por desaparecidos; algo parecido a esos carteles en las farolas del barrio con la foto de un perro o un gato monísimo que dicen “Me llamo Chucky y me he perdido. Soy de tal o cual raza, muy bueno y cariñoso. Si me encuentras llama a mi familia al número …”, pero con personas, con chavales, y en un tono mucho más oficial. ¿Os imagináis? El país entero sabía que se trataba de una campaña que encontraron, creo, simpática e ingeniosa. Yo no. Todos fueron al cine tan contentos. Yo no. Yo no porque yo no entendía bien el idioma y cuando emitieron varios documentales alrededor de la producción de la película, aunque los vi, no entendí nada de nada y, al verla, me quedé horrorizada de que de verdad existieran las brujas, de que esos chavales murieran, de que el único testamento que hubiera quedado de su vida fuera aquella cámara con aquella película dentro. Lo pasé muy mal. Para mí ellos eran reales, de carne y hueso, como yo, como Jaute, como tú.

Y me llamó aún más la atención el hecho de que, tan pronto me enteré de que era todo falsedad y engaño, pude hasta reírme y, lo que es peor, criticar la película por mala, por no dar detalles en realidad, por no mostrar sangre, por dejarme colgando con una última escena de una víctima contra la pared y una cámara que lo filmaba todo —prácticamente nada— desde el lugar en el que había caído.

Así que sólo siento empatía por la carne… Tampoco es cierto. Una vez que estuve de baja durante un mes o mes y medio y me vi obligada a guardar reposo, mis amigas me regalaron las tres temporadas que ya estaban a la venta en DVD de Perdidos. También de Anatomía de Grey, pero esa no me hizo tanta gracia. En fin, que me tragué todo lo que tenía de la serie y, por las noches, soñaba con Jack, Kate y Sawyer —con Locke no, que no me parecía trigo limpio—. Y me despertaba queriendo más de ellos. Y me preocupaban sus vicisitudes tanto como las mías propias. Luego leí en un blog, de los que tiene Jaute enlazados, una entrada, Mis amigos de la tele, que explica este fenómeno.

Eso sí, tan pronto terminé con las tres temporadas, me olvidé de Jack.

En cuanto a adorar un perfil de Facebook. Seamos sensatos y sinceros: ¿qué diferencia hay exactamente entre el enamoramiento de un perfil creado por un escritor y el perfil de una persona real a la que sólo se conoce a través de la red? Yo no la encuentro. Lo que sí encuentro a menudo son exaltaciones muy poco realistas en gran parte de estos perfiles: mujeres que aparecen en su foto de presentación en paños menores, como si ésa fuera su forma natural de darse a conocer al mundo; hombres cuya foto sólo muestra los abdominales que se compraron en el gimnasio, estoy segura, hace seis o siete años y que, es de esperar, ya no luzcan como solían cuando nuevos. Hay gente que no, que no posee un cuerpazo para lucir ante la cámara. Esos suelen ser hiperactivos, dan todo tipo de detalles acerca de lo duro que ha sido el día en el trabajo o lo odioso que es su jefe —qué privilegiados al contar ellos con estas experiencias, y qué originales al comentarlas—. Pero mis favoritas son las postadolescentes inseguras que escriben en su muro cosas como “he ido al fisio y me ha pedido que me desnude para hacerme un chequeo. Maldito pervertido”. ¿Qué querrán recordar al mundo sobre sí mismas?

Recuerdo a aquel mozo que me instaba a masturbarme frente a la webcam. Yo lo hacía, pese a que sabía que era un extraño, que jamás nos conoceríamos, que para mí jamás sería real. A pesar de todo, lo hacía, como una especie de acto amor, propio.

Con Alberto no llegué a follar,

hice el amor. Y ocurre de esta forma incluso para las agnósticas como yo.

Me he pasado toda mi vida adulta discutiendo con aquéllos que presentan el acto sexual con dos variantes: follar y hacer el amor. Tuve un amante que hablaba de una tercera práctica que él denominaba “hacerse una paja vaginal”. Supuestamente, y según sus argumentos, esta acción se da con pago previo, o sea, mediante prostitución. No, yo no lo veo así; y no lo veo así porque, para mí, el acto sexual siempre fue follar con amor y con total carencia de él. Nunca observé nada malo en que dos personas se procuren y disfruten de los placeres carnales sin que haya por medio un sentimiento romántico o de pertenencia o de vaya usted a saber qué sienten aquéllos afortunados que saben amar. Y tampoco veo mal que dos personas enamoradísimas abandonen esa actitud de serio compromiso, de “lo nuestro es para siempre”, y echen un buen polvo.

Pero por más que intenté follarme a Alberto aquella primera noche y todas las que vinieron después, el no me lo consintió y terminó por hacerme el amor, además, sin previo aviso. Nunca me habló de amor sino de afecto o cariño. Supo, de todos modos —estoy segura—, que esos “te quiero” que corretean por la almohada me parecen burbujas de jabón que explotan antes de rozarme si quiera.

Y, sin embargo, me abrazaba. No me sujetaba, me abrazaba. Y me besaba a hurtadillas tal que si esos besos hubieran podido lastimarnos a uno de los dos. Tal vez a ambos. Y de pronto me encotré susurrando su nombre y diciéndole que no hay nada que yo prefiera a estar con él y con él dentro de mí. Lo peor de todo es que fui absolutamente sincera. No, lo peor de todo es que sé que no me hizo el amor, sino que es ésta su forma de follar.

Me pregunto si hay diferencia o se trata sólo de una pequeña perversión de mi imaginación. Seguramente, tú me dirías que sólo depende de la calidad de mis sentimientos por la persona con la que comparto mi cuerpo. No te creas que no lo he pensado ya. Me lo dije: “Mariló, estás enamorada”. Pero recuerdo a aquel amante, el de la “paja vaginal” y su promesa, cierto día, de que esa vez íbamos a hacer el amor. Fue, definitivamente, más romántico, más delicado… Solicitó menos felaciones. Pero no recuerdo nada esencialmente distinto de nuestro acto sexual más frecuente.

Quizás Alberto sea como yo y no capte las sutilezas y yo me encontrase con él sorprendida por esta nueva experiencia después de demasiados amantes poco sensibles. Tal vez, él sólo estaba echando un polvo conmigo y se preguntase después por qué tenía esa sensación de que yo estaba haciendo con él algo más que follar.

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Los oficios de entretiempo

Las cajeras de Día% parecen despertar siempre la misma antipatía. Tal vez justificadamente; quizás sean todas unas antipáticas. En ese caso, yo lo fui una vez; antipática, o cajera de Día%, léase como se prefiera, antes de sacarme el título de peluquera.

Pero antes de que paséis a juzgarme, a juzgar, una vez más, a Mariló, permitidme que os cuente que los uniformes no sólo me vuelven loca, como a cualquier mujer —que lo niegue la más ilusa; que lo niegue Jaute—, sino que, además, me encanta llevarlos.

Cuando niña soñaba con ser una profesional uniformada: quería ser policía o bombero —no sé si debería escribir bombera en favor de la igualdad de sexos y todo eso en lo que yo ya, definitivamente, no creo; en cualquier caso, suena fatal—, pero no daba la talla; piloto de aerolíneas comerciales, pero soy miope. El uniforme verde azulado de los cirujanos me habría hecho feliz… Pero, ya os habréis dado cuenta, no valgo para estudiar.

En algún momento olvidé aquellas fantasías que ahora reconozco superficiales y escogí FP y la peluquería, pero antes de poder acabar, necesité trabajar, de lo que fuera, y terminé en un supermercado Día%, el mismo en el que había hecho la compra en alguna ocasión, o sea, cuando no me había quedado más remedio.

Recuerdo mis escrúpulos tratando de escoger una lata de macedonia de frutas que no estuviera cubierta de polvo, pringada de almíbar o del pegamento que debiera ir entre la lata y la etiqueta —nada de lujos innecesarios que terminan por encarecer el producto como una litografía, o un trapito del polvo—. No era la única cliente que detestaba serlo. Observaba en cada visita a aquel antro de leptospirosis que mujeres que acudían al mercado de abastos con abrigos de piel, llegaban aquí vestidas con el disfraz del proletariado: un chándal que, resultaba obvio, había sido comprado para el nene dos años antes de que el muy ingrato se atreviera a crecer por encima de mamá, papá y, desde luego, por fuera del chándal; las recurridas mallas negras que se mantenían sujetas al pie por un elástico que impedía que la pantorrilla quedara al aire al primer paso —estaban siempre llenas de pelotillas blanquecinas que delataban su origen: el mercadillo de los lunes—; los vaqueros que copiaban los diseños de los más caros y mejor vendidos y con un corte que no sentaba bien a ningún culo, porque, seamos honestos, la principal función de los vaqueros, hoy por hoy, es la de presentar el culo en sociedad con un inmejorable aspecto.

Pero nada podría resultar más rancio que la sonrisa deslucida, si existente, de la cajera de pelo grasiento y mal sujeto en una coleta por una goma más cansada que su propietaria. Siempre en los huesos, siempre con ojeras, siempre con dentadura de desnutrida o nutrida a medias. Podría adivinar su domicilio en la zona más desamparada de la ciudad, su vocabulario más pobre que su cuenta corriente, los amantes frecuentados serían, seguro, los más rápidos.

Me obligaba a pensar que todo esto era a causa de ser cajera de Día%, porque la idea de que se debiera tan sólo a la vida se asemejaba en mi boca a un trozo de ese cordero asado, reseco, sobrante del día anterior, que se me olvida masticar y que, finalmente, he de humedecer con un trago de emergencia para obligarlo a pasar sin atragantarme.

Pero allí fue donde acabé.

Con un uniforme rojo, con la camisa roja y roja la falda.

La falda, además, por algún motivo que no logré averiguar por más que indagué, era, invariablemente, tres tallas, hasta cuatro en los casos más desafortunados, demasiado grande.

La jodida cosa se escurría caderas abajo formando bolsas a la altura del vientre y arrugas a la altura del culo. Lograba en mí, pese a mis favorecedoras curvas, ese aspecto de anoréxica, consumida por la vida, o viviendo una vida consumida ya. Me hacía sentir capaz de solicitar empleo en Zara, bien como maniquí, bien como asistenta que, en cuestión de presencia física vienen a ser la misma cosa —llegué a hacerlo, pero esa historia queda para otro día—. Y un día, tras vestirme, mientras me peinaba lamentándome por no haber tenido tiempo para lavarme pelo, sorprendida por esta desgana repentina, me hice una coleta deprisa y corriendo que dejaba tantos cabellos fuera como dentro de una goma cualquiera, la única que tenía a mano, algo desgastada ya por el uso, y calculando mis posibilidades de romance con el único cliente varón atractivo que visitaba el supermercado de tres al cuarto en el que yo me ganaba el pan y poco más, que poseía ese aire de delincuente de barrio bajo perezoso para el condón.

Todo esto me puso de muy mala hostia. Y, claro, no pude sonreír en todo el día.