IB3500

Me despierta el piloto anunciando que sobrevolamos Lourdes. No consigo entender todas las palabras por lo que no termino de captar el motivo último de su aviso. Este avión va hasta Frankfurt. Sin escala en Lourdes. ¿Habrá entre nosotros quien busque un milagro? ¿Saltará alguien?

Por fin logro abrir los ojos. Lo primero que ven es la raja del culo de la chica que se sienta en 10C. Tomo nota, horrorizada, de que no debo inclinarme hacia delante sin tirar antes de la espalda de mi camiseta; deseo ahorrarle el disgusto de la visión a la rolliza del 12C. Más adelante, en el reposabrazos del asiento que da al pasillo en la fila 8, descansa el bracito infantil y tatuado. Le he visto antes durmiendo, cuando subí al avión, angelito, hecho una bolita en el asiento. Yo también he intentado hacerme una bolita, pero ya no sé ser bicho-bola. Aún así soy feliz porque mis rodillas no golpean el respaldo del asiento delantero bajo el cual guardo mi bolso que logro alcanzar y volver a dejar con menor dificultad que la mayoría de pasajeros.

Las azafatas sirven bebidas y bocadillos. No son gratuitos; esos miramientos terminaron para siempre. No tienen cambio. No, no pueden aceptar mi tarjeta porque es de débito y no de crédito. Considero usar la otra, la buena. Paso; no quiero pagar intereses por un bocadillo que lleva una semana rondando almacenes refrigerados, una botella de agua y un café con mayor contenido en agua que la propia botella. ¿Me permitirán pagar después, una vez los otros viajeros, al pagar sus consumiciones, les hayan provisto de cambio? No, pero pueden tomar mi billete ahora y darme las vueltas más tarde.

Les observo acompañando el carrito de las frugalidades. No entiendo por qué ahora Iberia tiene azafatas pasadas de peso, poco agraciadas —eso sí, todas muy altas y maquilladas— y les obliga a llevar uniformes que parecen, en la mayoría de los casos, de talla incorrecta. Mientras tanto, los auxiliares de vuelo lucen todos un inmejorable aspecto, prietos dentro de camisas cuyas mangas parecen a punto de reventar a la mínima flexión de bíceps, cuyos botones podrían saltarme un ojo si estuviera yo admirando sus tórax  a la vez que respiran hondo. Naturalmente que es imposible. Nunca les miro una vez que han abierto la boca y me hacen saber que, de todos modos, perdería el tiempo.

Uno de ellos, sin embargo, lisonjea a las mujeres al otro lado del pasillo: Qué guapas y qué rubias las tres. Ellas le agradecen ambos cumplidos y él se marcha seguro de haber proporcionado un buen servicio. Caigo en la cuenta ahora de que llevo un buen rato sin verle, y sin oírle. Quizás, al sobrevolar Lourdes, se ha decidido.

Los asientos adyacentes al mío están ocupados por un matrimonio de unos 60 años. No dejan de discutir. Ella lo sabe todo y él apenas nada. Él quiere mear y se lo dice a ella pero no se atreve a pedirme a mí que le permita acceder al pasillo para poder desahogarse. No le doy facilidades.

Si, dijéramos, por poner un caso, que el vuelo IB3500 llegara a estrellarse en una isla desierta, ¿cuántos de nosotros sobreviviríamos? Me imagino: busco una radio y por fin encuentro un walkie-talkie: “Hola, ¿me oyen? Soy una superviviente del vuelo IB3500” ¿Cuánto tardarían Los Otros en darnos caña y muerte?

Vuelvo a mirar hacia el 8C. Acabo de descubrir el método del niño-bicho-bola-angelito para dormir a cuerpo de rey; tiene un oso de peluche al que victimiza: lo usa de almohada.

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La caidita de Frodo

Sí, en casa también nos descojonamos cada vez que vemos este cachito de ESDLA III, El retorno del rey, por lo que nos cuesta llegar al merecido final —después de once horas y media frente a la tele, con el sacro ya herniado, uno puede llegar a merecerlo todo— sin risitas, cachondeitos y comentarios jactanciosos varios impidiendo la perfecta visualización del machote de Aragorn descabezando orcos y otros seres infectos. Pero, pongámonos serios ahora: a Frodo se le ve el plumero; es gay.

—Oh, pero eso no es un defecto ni algo gracioso sobre lo que escribir en un blog— me dirán. Ya, tienen razón, es que no me han dejado terminar. Además es eneatipo 4.

Frodo no es ese hobbit encantador capaz del sacrificio por toda la Comarca, por toda la Tierra Media, inculcado de los valores del bien y el deseo de erradicar el mal para siempre. Frodo es, muy al contrario, un egoísta con complejo de inferioridad (le van los elfos y es muy bajito además de velludo en exceso) que pasa por carros y carretas con tal de ser el centro de atención.

Hasta aquí, incluso habiendo desenmascarado al granuja, no tendría reproches que hacerle; si el hobbit quiere hacer de su capa un sayo… Pero, francamente, que el tío se llene de gloria, que le den la jubilación adelantada, un viaje con todos los gastos pagados en el crucero del amor de los elfos, cuando quien suda la gota gorda es el cándido de Samsagaz, no me parece justo.

Frodo se presenta como un ser amable y sociable, con tiempo y consejo para todos, pero muy pronto comienza a descubrirse su fraude con sus desesperados intentos de llamar la atención —que si a mí me sacaron de mi entorno familiar muy temprano debido a mis grandes dotes intelectuales y he crecido, es un decir, sin el amor de una madre; que si mi tío es un excéntrico elfista y me deja solo durante largos períodos; que si soy el favorito de Gandalf por mi sensibilidad superior; etcetera— y esto, sumado el hecho de que se le hace portador de un anillo que, por lo visto, te produce jaquecas, invisibilidad y otros malestares, se convierte en la excusa perfecta para la tiranía de Frodo.

Que nadie se lleve a engaño: el anillo no tiene efectos secundarios; Frodo ya estaba hecho un borde de mucho cuidado sin ningún miramiento hacia los demás desde mucho antes. Pero sí que le permite el chantaje emocional como demuestra en la Cima de los Vientos, al descubrir que los otros hobbits han organizado una cenorra sin consultarle, amenazando: “pues me pongo el anillo” pese a las súplicas de sus amiguitos: “no, señor Frodo, no se automutile usted”. Pero a Frodo, con tal de demostrar que habla en serio, le dan igual las consecuencias. Este acto tan simple, esta rabieta, es lo que conduce al fatídico apuñalamiento por parte de uno de los Nazgul —a partir de aquí el personajillo se pasaría el resto de la trilogía asegurando que le había herido el más peligroso de todos y contándole su desgracia a cualquiera que quisiera escuchar: —No soy un borde, ¿sabes? Es que me atacó un Nazgul, el más poderoso. Me van a llevar los elfos de viaje, a una residencia, es que me hirieron fatídicamente, pero tú no puedes ir porque a ti no te ha pasado nada tan traumático.— razonaría a menudo a Samsagaz —Además, no tuve una infancia muy sana; ya sabes lo excéntrico que es mi tío, que me sacó de mi casa para nada—.

Como buen chaquetero que es, no duda ni por un momento en hacer buenas migas con Gollum, mucho más servil, más fácil de impresionar, dejando de lado al leal compañero que ha sido Samsagaz, que a partir de ahora tendrá que soportar la asociación con un anoréxico y un bulímico y las burlas de ambos durante las pausas para una adecuada alimentación. Mucho peor, durante las horas de descanso, Sam encontraría muy difícil conciliar el sueño con la charla constante entre los nuevos amigos:

—¿Qué te ha pasado?

—Tuve un anillo y me volví desagradable y calvo.

—Huy, qué casualidad, yo también tengo una anillo de esos que te ponen melancólico.

—Ahí va, ¿sí?

—Sí… Pero, bueno, lo mío es mucho peor, ¿eh?, ¿sabes la Cima de los Vientos?

—Sí, sí, claro.

—Pues estaba yo allí tan ricamente, con Sam y unos colegas, y nos atacaron, pero sólo a mí, ¿eh?, que a éstos no les hicieron nada, y me clavaron una daga.

—Hostias, qué mal rollo, ¿no?

—Sí, fíjate… Se conoce que tengo un aura como más brillante y atraigo a todo tipo de cabrones que me destrozan la vida. Pero yo les perdono, ¿eh?, que soy muy bueno.

—Ay, ¿vale que somos muy buenos amigos y que tú eres mi amo? Es que nunca he conocido a nadie tan buena gente como tú.

—Ay, pues sí, porque el Sam este está engordando…

—Huy, ya te digo, encuanti que lo he visto me he pensado que ya podía hacer algo de régimen.

—Y además no se deja sodomizar.

—Pobre, pobre amito.

Pero el carácter retorcido y manipulador de Frodo alcanza sus cotas más altas cuando, gracias al inconmensurable apoyo de su amigo logran llegar al Monte del Destino. Sencillamente, Frodo, previendo el final de su reinado por imposición, es víctima de otra de sus innumerables rabietas y comienza a amenzar a Peter Jackson: “Que me pongo delante del ojo, ¿eh? ¿Que no me crees? Pues vas a ver” para tirarse en el último segundo, cagadito de miedo, como debe ser y lamentándose después: “Es que mira lo que me has hecho hacer. Me duele el codo. ¿Quién tiene mercromina? Pues sin mercromina no sigo, Peter.”

Comerse a Christian Bale

Mientras me ducho cada mañana hago un repaso mental: el vientre, las articulaciones, la espalda, el cuello, la cabeza,… Todo. Me aseguro de que todo está bien, en su sitio, de que no me duele nada, de que nada presenta un aspecto inflamado, de que no haya infecciones, eccemas, moratones. Si encuentro algo extraño pido cita al médico de forma inmediata y, justo después, llamo a mi jefe y le explico que llegaré un poco tarde. A él no le importa porque sabe que después cumpliré con mis responsabilidades igualmente, cueste lo que cueste.

Y es que el cuerpo es nuestra posesión más valiosa; al menos yo lo considero así.

También practico una dieta muy estricta desde los 17 años. No es la vanidad lo que me obliga, bueno, no sólo la vanidad, sino la tranquilidad que me proporciona saber que me estoy cuidando, que puedo vencer al colestorol, a las grasas saturadas, a las enfermedades cardiovasculares. Por supuesto que no fumo.

Lo sé, sueno como Christian Bale en su mónologo dedicado a su rutina de higiene personal en American Psycho. Bueno, ¿y por qué no? Reconozco que sentí cierta afinidad con su personaje tan dado al orden más estricto, a la limpieza, al instrumental de precisión; ese hombre nunca pondría la casa perdida de serrín durante una sesión de bricolage. Pero, ¿qué digo? Un hombre como él no contraería jamás ni el más leve resfriado.

Aunque lo de la sangre… No sé, la sangre lo salpica todo contagiando enfermedades. Se engañaba el muy ingenuo confiando en chubasqueros y cubiertas de plástico.

No comparto vasos ni cubiertos, con nadie, ni practico intercambios en restaurantes exóticos: si quieres probar lo que hay en mi plato se lo pides al camarero, que para eso está. No me siento en inodoros públicos ni familiares ya que ni mis relaciones más cercanas me infunden confianza tal que me permita relajar mi vigilancia. Cuántos habrán padecido al sentirse obligados a la cordialidad más absurda con los de su misma sangre. Es que la sangre es de lo peor que hay. Nunca practico el sexo durante mi período; ni con preservativo. No lo haría ni con él. No hay hombre cuya pasión, por ardiente que sea, me lleve a perder la cabeza. Aunque soy débil, mi carne es débil y busca el gozo de otros cuerpos, pero sin arriesgar el mío propio.

Lo que más me gusta, y me angustia a partes iguales, es la felación. No puedo describir con palabras el inmenso placer que me proporciona la gran mayoría de las veces. Pues claro que no puedo totalizar cuando he tenido amantes que describieron mi acto como espectacular. Cómo pudo ocurrírsele cuando no fui yo quien dio el espectáculo. Me pareció un adjetivo trillado desde que lo usara Kevin Spacey en American Beauty. Un hombre como aquél, para colmo, dejado, desaseado, con ese cuerpo,  que debiera ser un templo, convertido en fábrica de mantecas, sin el lustre de la salud. Fumando hierba… Espectacular, me dijo, y supe que a él no volvería a hacérselo.

Supongo que hay una porción de la población femenina que nace con este particular gusto pero no fue así para mí. Cuando tenía 19 ó 20 años, mi mejor amiga desapareció durante una fiesta con el chico que me había levantado sólo unas semanas antes. Yo acepté su traición con sumisión. Me reconocí ignorante de las reglas del juego y, por tanto, incapaz de reclamar, de lanzar acusaciones, de exigir una satisfacción; aunque la obtuve. Le pregunté al día siguiente, mientras caminábamos hacia la Facultad, qué había sido de ella y el muchacho, dónde se habían metido. No guardó nada para sí y terminó por confesar que en uno de los cuartos de la casa donde nos habíamos reunido todos, donde los bolsos y los abrigos se habían amontonado al mismo ritmo que los asistentes ocupaban salón, cocina y pasillo, le había practicado una paja con la boca. Lo dijo así: … Y al final, como insistía tanto, le practiqué una paja con la boca.

Me los imaginé cien veces, a él suplicando esa súplica opresiva habitual sobre la nuca de ella y a ella prácticándole una felación de nombre torpe, ingenuo, accesorio, como sus labios.

Vi a Colin Farrell confesar durante una entrevista inesperada por parte de una reportera a la caza de celebridades que la chica que le acompañaba y él se conocían de una aventura casual y que el motivo por el que podíamos verle con ella asistiendo al festival de turno era que la chica hacía unas mamadas de miedo y por este motivo se había decidido a considerarla recurrente. Qué rata que es el Farrell, dijo cualquier poseedor de opinión televisable. Yo apenas reparé en la calidad ética de Colin; mi atención estaba totalmente entregada a su aspecto sucio. Qué barbaridad, pensé, ¿cómo ha podido convencerla de que se la chupe? Y sólo después reparé en el aspecto de ella, sucio también, con maquillaje excesivo sobre maquillaje antiguo, perfectamentemente identificable en las manchas de rímel bajo los ojos. Me la imaginé absorbiendo encantada la mugre entre sus piernas. Eso sí que es espectacular. Y lamentable.

Pero ya lo dice el refrán: dime con quién andas…

Por ejemplo, al novio de Núria no le pondría yo la mano encima. El otro día entré al baño tras ella. Tuve que esperar a que terminara ya que sólo contamos con un cubículo. No me importó: estuve colocándome el pelo, algo preocupada, la verdad, porque parece que se me cae un poquito más de lo que es habitual; comprobando que mis párpados inferiores poseen un tono saludable pese a la horrible luz fluorescente; mis encías también estaban sanas. Al salir ella me metí yo y de inmediato hubiera deseado haber podido esperar un poco más fuera de no haber resultado demasiado obvio, y es que no deseo ofender a nadie. Pero el cubículo olía excesivamente a flujo vaginal. Fue entonces cuando reparé en que su pelo presenta simpre ese matiz oleoso que tanto me disgusta y que suele ser indicativo de una higiene pobre.

No es la primera que conozco así. Cuando practicaba el sexo con Gregorio y me confesó que me había sido infiel con Alicia, otra de mis amigas, no me importó la infidelidad ya que, a pesar de tener más experiencia sigo sin saber cómo reclamar a mis deudores, pero no pude evitar sentirme asqueada. Ella, tan enfermiza, tan llena de acné; me resultaba velluda en exceso. Y sus cuerpos habían estado en contacto…. Por eso le dejé, aunque con él me fingí sólo incapaz de relacionarme a causa de los celos que, estaba segura, sufriría a causa de su deslealtad. A ella tampoco volví a dirigirle la palabra. Por orgullo.

Los de Luisa, María, Ana, Viky y Raquel, sin embargo, parecen hombres que pasan al menos una vez al día por la ducha. Y ellas, quizás más importante aún, también. Con ellos quedo a menudo, aprovechando que los ciclos de las chicas no coinciden con el mío, aunque no importaría que así fuera porque, para la penetración, suelo conformarme con el uso del preservativo y que no huela a sudor, que no se den síntomas como los estornudos muy reitarados, tos, con saber que no fuma, en general, con un aspecto global de persona sana; y, como digo, para esto, tengo ya entre quienes elegir; no les necesito a ellos.

Para la felación, sin embargo… No me gusta el sabor del latex impregnado de lubricantes y espermicidas. Prefiero el sabor de la carne. Por esto me veo obligada a tomar tantas precauciones. Dime con quién andas… Llegué hace tiempo a la conclusión de que si mis amigas tenían buena salud, sus chicos no transmitirían enfermedades. Quizás alguna de ellas, si supiera que por fin he aprendido las reglas del juego, de verdad, considere que merezco contraer la sífilis. Es posible que lo merezca, pero va contra mi naturaleza.

Me encanta comérsela a los novios de mis amigas. Ninguno de ellos usa palabras como espectacular. Saben salados, como imagino que debe saber la sangre, aunque con frecuencia la he oído descrita como dulce, metálica. Son limpios, disciplinados en la eliminación de fluidos, de pruebas. Creo que están muy enamorados de sus chicas. Son higiénicos en todos los sentidos. Aunque sigo prefiriendo a Christian Bale.

 

 

 

Un romántico incurable

—… O sea, que tiene su dificultad.

—Ah, ¿sí?… Pues nunca me había dado por pensarlo—. Apreté su mano que ya llevaba en la mía desde que comenzáramos aquel paseo, intuyendo que iba a desahogarse y necesitaba un poco de apoyo moral para hacerlo.

—Pues sí, mira, porque, para empezar, hay que considerar el tema de las iniciales. Por ejemplo, si se hubiera llamado ella Isabel no me hubiera atrevido ni a mostrárselo; ¿qué mérito puede otorgarme una I? O Carmen, yo qué sé… De llamarse Teresa, Victoria e incluso Úrsula, habría sido moderadamente fácil. Pero no, ella se llama ni más ni menos que Beatriz, con una hermosa B que, me atrevo a decir, requiere cierta maestría. Y, sin embargo, no lo supo apreciar.

—Ya entiendo…

—Y tampoco te creas que se puede hacer de cualquier ánimo. Si has comido arroz, ya puedes ir olvidándote. Lo ideal, en mi experiencia, es un buen plátano en el desayuno y otro de postre si se quiere lograr un aspecto bien cuidado. Y eso sí, comer bastante en general durante la víspera.

—Entonces, ¿lo has hecho más de una vez?

—Sí, tuve que practicar mucho y hasta aprender a controlar el movimiento hasta el último milímetro. Eso sí, a ella no le enseñé nunca el resultado hasta que no  quedé perfectamente satisfecho.

—¿Qué te dijo ella? ¿Se emocionó?

—Qué va; le pedí que viniese al cuarto de baño, aún con los calzoncillos abajo y con el culo sin limpiar, para que el papel higiénico no cubriera la mierda en forma de su inicial. Ella vino, se quejó del olor nada más entrar aunque aceptó mirar dentro del váter y luego dijo que era un guarro, completamente escandalizada. ¿Tú lo entiendes?

—En absoluto— le contesté a la vez que me preguntaba cuánto tardaría en decidirse a cagar una J.

En el umbral

La espera ha sido una dulce agonía. No soy amante de preliminares. Quiero decir que no es necesario convencerme. La vehemencia de mi deseo y la incertidumbre de si será satisfecho es mi descenso a los infiernos. No puede haber cielo para mí. No para alguien como yo, tan complacida en mi propia lascivia que prescindo del amor para poder abandonarme al placer. A él. A la incertidumbre. A la vehemencia de los reclamos de mi cuerpo y del suyo, si me acompañan…

Todos los preámbulos que terminan en su boca, en las yemas de sus dedos, en las caricias de su aliento en el lóbulo de mi oreja pidiendo y rogando, son las piedras ardientes sobre las que camino descalza como penitente devota que soy, sin sentir si quiera el intenso dolor del fuego lento en el que me cocinan sus maneras tan medidas.

Al entrar en el ascensor, subiendo a mi casa, he sentido esa punzada deliciosa que marca mi pulso más intenso entre mis muslos. Él sólo miraba mientras me preguntaba el piso y presionaba el botón. Mis manos anhelaban reunirse con el resto de mi ser en el único punto donde mi alma, si poseo una, acababa de tomar aposento. Él sólo miraba y yo, contra la pared del cubículo, que ya no sé si subía o bajaba ni que plano ocupaba en todo el universo, le miraba a la vez desde mis ganas. He debido darle pena. Ha debido decidir que el castigo era ya excesivo. Tal vez me he redimido. Se me ocurre de pronto que la punta de mi lengua empeñada en comprobar que aún conservo incisivos y colmillos cuando estoy nerviosa o excitada, ha sido una señal para él, o una advertencia, o un reclamo, o una trampa compleja que jamás ha de ser resuelta. No sé qué le ha traído hasta mí, hasta mi lado de la desesperación, pero ha dado un paso hacia delante, en mi dirección. La distancia, se diría, había aumentado entre los dos, sin duda alimentada por mi ansiedad de tenerle cerca, porque he tenido ocasión de verle venir desde lejos, remolcado por la promesa que mis labios han negociado en mi nombre, que ya se abrían, recibiendo a los suyos.

Ha sido en principio un roce leve. Como un santo y seña que ha de recordar toda mi piel y que le garantice la entrada por tanto tiempo como él desee. Sólo un roce levísimo, de reconocimiento, de solicitud de más osadía que, por supuesto, he concedido. Entonces su boca ha tomado a medias la mía permitiéndome saborear su saliva, que he encontrado deliciosa, y a él la mía. Su lengua, sin resultar invasiva, acariciaba la mía con golpecitos, punta con punta, la suya marcando el ritmo. No he podido evitar comparar este baile con otro más suculento, que saciaría en mí un hambre más profundo, acuciante, que ya no podía esconder y, en medio de todo ese alboroto sordo, se ha pegado mí, todo su cuerpo contra todo mi cuerpo, el bulto durísimo de su sexo contra mi debilidad, y lo que yo creía que era mi respiración alcanzaba ya suspiros de complacencia y demanda a partes iguales, entregada a la presión que ejercía entre mi caderas, cuando el ascensor se ha detenido.

 

 

 

 

Percepción

Me ha dicho muchas veces que no sabe qué clase de impulso la arrastró hasta el cine porno. Normalmente, insiste ella siempre, ni siquiera acudiría a un cine para todos los públicos sin compañía. A mí no me parece tan sórdido ni entiendo eso de que si no fuera porque allí nos conocimos ella se moriría de vergüenza con sólo admitirse a sí misma que entró a ver un poco de sexo.

Lo de ver es sólo un decir. Lo cierto es que cuando yo la descubrí —me encanta usar este verbo; podría decir “cuando la vi”, pero sé que la mortifica un poco que use esta expresión mucho más adecuada para actos sucios, deshonestos… No se le pasa por la cabeza, ni a mí hasta hoy, que pienso que la descubrí de verdad, como quién descubre un secreto maravilloso y se hace egoísta en su posesión guardándolo sólo para sí mismo— ella estaba en la antepenúltima fila, lejos del pasillo, me imagino que escondida. Tardé varios segundos, puede que un minuto entero, en acostumbrarme a la oscuridad y ser capaz de reconocer en su silueta a una mujer, de pelo corto para dificultar aún más mi hazaña y concederme así más mérito. Ni siquiera sé que guió a mis ojos en su dirección; quizás ese perfume que siempre lleva pero del que nunca abusa… Y, al avanzar por la hilera de butacas, vacías excepto por la de ella, y capaz ya de ver con absoluto detalle, me di cuenta de que tenía los ojos cerrados.

Ya estaba a sólo dos asientos de distancia y podía apreciar todo en ella desde la forma en que su flequillo caía desordenado a media frente hasta el anclaje que había hecho del puente de sus pies en el borde del asiento que quedaba delante de ella. Estaba medio reclinada hacia atrás y sus piernas quedaban abiertas, ofreciendo algo que, sin conocer aún más que por los sentidos de mi imaginación, yo ya sabía que deseaba a toda costa.

Lo normal en estos lugares de ocio es respetar al máximo el espacio ajeno y obligar a los demás a que respeten el tuyo a no ser que se trate de un cine gay, en cuyo caso, y opino sólo por sentido común pero sin conocimiento real, se trata, precisamente, de todo lo contrario. Me costó un poco, por esto, decidirme a dar el paso final y situarme delante de la butaca anterior a la suya. Iba a sentarme cuando me di cuenta de que ella había notado mi proximidad, había bajado los pies al suelo y parecía una niña buena, perfectamente sentada, derechita como estaría hace años en clase. Miraba al frente con insistencia, pero no a la pantalla; sus ojos estaban centrados en una zona que no podía incluir los míos. Me evita —pensé— Pues sí que empezamos bien…

—¿Te importa que me siente aquí?— me decidí finalmente a preguntarle sabiendo que me la jugaba porque, si ella contestaba que sí le importaba, que no quería que yo me sentase a su lado, ya no habría más posibilidades. Pero no contestó en absoluto. Sólo me miró muy rápidamente a los ojos y parpadeó una vez. Yo, que siempre he presumido de saber leer muy bien el leguaje corporal, decidí interpretar ese parpadeo como la afirmación de una mujer tímida, que quizás se sentía fuera de lugar, a un buen entendedor.

Me senté entonces y miré a la pantalla sin ver en realidad porque estaba contando segundos, dos minutos como máximo, para conceder un tiempo de adaptación a mi más reciente conocida. Noté, no sé con cuál de mis sentidos, que ella se relajaba un poco a mi derecha, aunque, por supuesto, no regresó a su postura original de total abandono al placer que, no me cabe duda, comenzaba a disfrutar en el momento en que la interrumpí.

Me puse cómodo por fin, echando mis riñones algo más hacia delante y reclinando el resto de mi espalda hacia atrás, más o menos como la encontré a ella. Supe que me miraba de reojo y el efecto fue instantáneo: una erección que, de descuidarla, persistiría durante horas. Supongo que para eso vemos los hombres porno, pero esta excitación no tenía nada que ver con la película que proyectaban y a la que no prestaba la más mínima atención. Saber que ella estaba pendiente de todo lo que yo hacía es el afrodisíaco más poderoso que he conocido hasta la fecha. Podía imaginarla, con los ojos cerrados, toda oídos, buscando el ruido de mi respiración, deseosa de entrar en acción y doblegarse a mi capricho.

Con esta ilusión en mente arrastré mi mano derecha desde mi muslo hasta el bulto duro que formaba mi pene bajo mis pantalones, frotando ligeramente, haciendo mi erección y mi deseo lo más obvio posible. No la miraba a ella, sin embargo pude percibir, o mi fantasía comenzaba a tomar la fuerza de las alucinaciones, que al principio dejaba a sus ojos vagar despacio hasta dónde mi mano se movía, girando poco a poco la cabeza para comenzar a mirar tanto el bulto, que ya palpitaba con una presión desmedida, como mi cara. Satisfecho con el ritmo de su reacción, abrí la bragueta de mis vaqueros sin más dilación y le mostré eso que ella parecía anhelar. Entonces sí la miré a los ojos y me sorprendió encontrar en ellos lo que parecía un ruego.

Al girarse repentinamente hacia el frente y abandonar sus ojos mi campo de juego, pensé que me había precipitado. Es fácil imaginar mi sorpresa cuando vi que tomaba una postura similar a la mía, desabotonando también sus vaqueros, y tomaba mi mano izquierda, por una feliz coincidencia o por esa intuición que algunas personas poseen, obligándome a girarme hacia ella, acercarme a ella, a ser testigo de la forma en que se abrían sus labios para recibir el dedo que llevaba ventaja a los otros cuatro. Su lengua comenzó a jugar con él, enroscándose alrededor, impregnándolo del olor de su saliva. Acto seguido, cuando creía que no iba a encontrar hogar más feliz para ninguna parte de mi anatomía, sacó mi dedo de su boca y, sin dejar de mirarme a los ojos, aunque comenzando a entrecerrarlos, llevó mi mano hasta la parte más baja de su vientre. Yo no necesité más indicaciones o licencias y dejé que mis dedos exploraran a capricho sus otros labios, más carnosos, más cálidos e igualmente húmedos. A pesar de que lo ajustado de sus pantalones y lo estrecho de la apertura apenas dejaban espacio para la maniobra, el buen ánimo que sentían mis dedos por saberse tan bienvenidos les armó de la destreza necesaria y no paso demasiado tiempo antes de que los gemidos que formaban el guión de la película quedaran ahogados por los de mi amante fortuita.

Una vez que su orgasmo cesó, se recompuso con cierta lentitud, como si disfrutara deshaciendo los preámbulos a un final tan feliz. Me obligué a aceptar que así quedaba el asunto. Quiero que quede claro que no trabajé por recompensa o, mejor dicho, que el verla satisfecha era un premio para mí. Pero yo quería más, más de su boca o más de sus gemidos. Yo quería más placer en su cuerpo o en el mío y el saber que así acababa, lo admito, me dejó algo triste, decepcionado. Ella se levantaba ya, vestida de la forma más honesta. Incluso me pareció ver un gesto de negación en su cara a lo que acababa de ocurrir. Estaba ya frente a mí, haciendo un hueco para sus piernas entre las mías y salir cuando observé que buscaba la forma de arrodillarse, sin duda, para alcanzarme mejor con su boca. Ahora que ya he aprendido de su tenacidad, sé que hice mal en ponerla en duda en aquel momento cuando le dije: —No… espera, no vas a poder agacharte ahí…— Pero sí que pudo y dejó que su lengua jugase con mi pene igual que lo había hecho antes con mi dedo, pero sus labios succionaban con mucho más interés, intuyendo que obtendrían algo más que el sabor de mi piel y, aunque con mucha calma, porque sabe ser paciente y esperar su recompensa hasta saber que es legítimamente suya, no cesó un instante en su empeño; yo me deje convencer por la ansiedad de sus labios y eyaculé en su boca como ella pedía sin palabras al igual que habría hecho cualquier otra cosa que ella sugiriera en ese momento.

Ahora sí, lo supe con certeza, no cabía esperar nada más. Ella se levantó relamiéndose y sonriendo como si me hubiese ganado en algún juego y la actitud de su cuerpo, su postura, indicaban que no volvería al asiento contiguo.

En lugar de esto, sólo dijo:

—Había quedado con alguien para el fin de semana que no se ha presentado. No conozco la ciudad pero tengo una habitación en un hotel por aquí cerca. Me gustaría que vinieses conmigo.

—Vale— fue todo lo que supe decir.

La Paca, una rubia artificial muy realizada

 

Esta historia está basada en hechos reales

La Paca soñaba ya en su tierna infancia con ser rubia. Los cantos de los canarios en el balcón de la casa de su madre compitiendo con La bien pagá y María de la O le trasladaban a los tiempos de la Saritísima. Deseaba ese glamour de las mujeres anchas de caderas y bustos llenos de amor y desdén a partes iguales, repeinadas, que esperan a hombres de torsos cubiertos de vello y culo prieto, a medio recostar, para no estropear el moño, en divanes, suspirando humo de cigarrillos con boquilla entre labios carmesí.

Pero estaba segura de que jamás alcanzaría su sueño. Su pelo negro, la calvicie de su padre y el tamaño ya tan notorio, desde el mismísimo principio de su juventud, de ese miembro que clamaba al cielo todas la mañanas una virilidad acuciante, fueron las señales inequívocas para ésta, nuestra heroína, de que su futuro languidecería a sus pies de talla 43, sin que ella pudiera agacharse si quiera para acariciarlo llevando un vestido de seda roja partido irremediablemente sobre el muslo izquierdo. Y qué muslo hubiera sido, qué vista magnífica para un observador con gusto, con un poco de depilación, se lamentaba la Paca.

Pero ella, tras su primera polución nocturna, a cargo de la varonil actuación de Robert Redford en Brubaker, se llenó de determinación y, aprovechando que su madre salía al mercado, agarró los cinco canarios por el pescuezo, los sacrificó con eficiencia de autómata, los desplumó y se los vendió al pollero que vivía en el bajo de su portal para huir con las ganancias al puerto de montaña más cercano.

Lo pasó mal la Paca echándose cualquier cosilla a la boca para su sustento, quinientas pesetas miserables cobraba la pobre; dormía a la intemperie, en un saquito Altus apolillado que encontró al pie de un pino; arriesgándose a perder su virginidad a manos de un Curro Jiménez sin patillas. Pero pronto descubrió que el negocio a lo grande no se daba tras las encinas en las rutas de senderismo de Cercedilla, sino en los aparcamientos de la estación de esquí de Navacerrada: por un sueldo medio decente más propinas, habitación de servicio en un hostal y dos platos de comida caliente, todo lo que tenía que hacer era hincharse a beber cerveza y orinar en las cerraduras de los coches; éstas quedaban totalmente congeladas durante las tardes de invierno impidiendo la entrada de la llave de sus propietarios. La Paca sabía que tendría que volver a Cercedilla cuando acabase la temporada de esquí, pero eso, lejos de animarla a ahorrar, la convirtió en una vividora que derrochaba todo cuanto llegaba a sus manos: carpe diem. Fue así como cierto día caminó al pueblecito y, sin saber muy bien cómo, cruzó el umbral de la única droguería del lugar para comprar una caja de tinte Rubio Ceniza de Clairol.

Lejos del presagio de pobreza estival, la última locura cometida supuso, más bien, una inversión propia de visionarios: pronto se amontonaban cientos de clientes a ver a la Paca en acción, con su cabello rubio cortado a tazón brillar como el sol, casi tan cegador su resplandor como el de la blanca nieve. Ella lo sacudía con gracia ladina a la vez que regaba, con su elixir tan rubio como su pelo, con su manguera y ese chorro potente al viento, alcanzando tres y hasta cuatro vehículos a la vez y sus correspondientes cerraduras. ¡Bombero, bombero!, gritaban niños y adultos; adultos y adultas. Las propinas caían en sus bolsillos a raudales.

Era la Paca ya una celebridad local cuando llegó a Navacerrada Txema, un productor de calendarios —Good Ol’ Times— que atinó a ver de inmediato las posibilidades de enriquecimiento, tanto pecuniarias como personales, en ese cuerpo que parecía cincelado por los propios dioses olímpicos, coronado por aquella melenita rubia, discreta, de excelentísimo gusto.

Txema, de un acusado parecido con Andoni Ferreño, siendo un endurecido hombre de negocios, no dudó por un sólo instante en usar sus artes de seducción con la Paca y está calló rendida a sus pies tan pronto como él adivinó la debilidad de nuestra heroína por los zapatos de charol rojo y tacón de aguja. Él se los regaló el día que ella cumplía sus veinte primaveras.

Txema se llevó a la Paca a Madrid y la convirtió en la modelo principal de su colección de calendarios, postales, agendas y hasta almohadillas para ratón con tema “Bomberos con fuego en el cuerpo”. El éxito fue contundente según se declaró en El Mundo y que resultó más que obvio durante una oleada de incendios menores provocados en los barrios de Chueca y La Latina, los cuales cesaron sólo cuando se hizo evidente que la Paca, ahora conocida a nivel nacional como Francis Del Mango, no apagaba incendios, sino que se limitaba, en su papel de Bombero Honorario de la Comunidad de Madrid, a representar a los auténticos profesionales en material de oficina y también en las reuniones sindicales. Todos le adoraban pues consiguió subidas de sueldo que alcanzaban cotas jamás soñadas anteriormente.

La Paca era feliz como nunca se creyó capaz de serlo; junto a sus logros en el ámbito profesional, podía presumir también de una vida conyugal llena de amor y respeto por ese hombre maravilloso que era Txema y que le había regalado la vida que siempre soñó. Durante el día acudían juntos a sesiones fotográficas, inauguraciones, eventos culturales y sociales; por las noches jugaban a La Guerra de las Galaxias con sus sable-laser, a las películas antiguas de espadachines —Burt Lancaster contra Errol Flynn—. La Paca estaba enamorada.

Txema no tanto y, como para demostrarlo, un día que había bebido algo más de la cuenta, atacó duramente a la pobre con todo tipo de críticas: a ver si te tiñes pronto, que se te ven las raíces, aunque parece que la alopecia eliminará pronto este problema y, mírate, te estás ablandando, estás rechoncha. La Paca ya no podía más con esta crueldad tan innecesaria y confesó: he tenido dos faltas ya; querido: creo que estoy embarazada; es por esto por lo que he ganado algo de peso y por lo que no debo teñirme el pelo. Txema no podía dar crédito a lo que oía: ¿cómo podía ser posible que la Paca estuviese encinta? Tenía que ser falso… ¡Él era estéril, por el amor de Dios! El hijo tenía ser de otro, de algún bombero o, peor aún, del fotógrafo. Un hombretón del norte que se precie jamás toleraría la infidelidad, por eso, aprovechando que la Paca salía a la mañana siguiente a hacerse la manicura, rebuscó en los armarios hasta encontrar aquellos zapatos rojos de tacón de aguja, algo nostálgico por los viejos tiempos en los que se sintieron tan unidos, y huyó con ellos bajo el brazo diciéndose que no debía sentirse culpable pues una talla 43 no es fácil de encontrar y podría necesitarlos para conquistar a la próxima rubita.

Cuando la Paca regresó con sus uñas de porcelana de color rubí y comprendió que había perdido a Txema para siempre recordó la matanza de canarios que había hecho a espaldas de su madre y se despidió de sus zapatos en silencio, aceptando su karma y, con ese desmesurado instinto maternal que crecía dentro de ella a la vez que su hijo —tendría un hijo gay, estaba segura— se dio cuenta de que tenía mucho por hacer, que la vida continuaba y que la suya estaría desde este momento dedicada a su hijito. Decidido: regresaría con mamá; regresaría a Alcalá.

Marisa, su madre, mujer de belleza sin igual, había envejecido prematuramente a causa del sin vivir que le produjo la desaparición de su hijo y no a causa del resentimiento como la Paca sospechaba. Esta amantísima madre se llenó de alegría en el mismo instante en que la vio, allí, en la puerta, con aquella tripa que gritaba al mundo entero el milagro de la vida y recordó, para sus adentros, las grandes enseñanzas que obtuvo de Jeff Goldblum en Parque Jurásico. Después de todo eran ciertas no sólo las teorías del caos, sino también que la vida se abre camino.

Se propuso de inmediato convertir a su hijo, a quien, a partir de ahora llamaría Frasquita, y a su futuro nieto, un niño gay según les decía a ambas el instinto maternal, en los únicos objetos de su interés; les dedicaría los años que le quedasen, alimentaría a Frasquita como era debido, construiría una cuna con ramas de palmera, como había visto a John Locke hacer en Perdidos, tejería patucos y se bajaría de internet toda la colección del Cuerpo humano, para ayudar a la parturienta Frasquita a dar a luz en casa sin que médicos métome-en-todo comenzaran a intentar explicarse este milagro justificándolo con mutaciones de genes de anfibios africanos. Jamás permitiría que ocurriese semejante cosa; a su Frasquita, no.

Los meses pasaron mientras el cuerpo, una vez perfecto, de la Paca quedaba convertido en el de una ninfa de la opulencia con desequilibrios hormonales. Marisa observó con detenimiento todas las escenas gore de House, Emergencias y Anatomía de Grey, y practicó después en pollos, al igual que el doctor Burke tras su desgraciado accidente, la cesárea que, en breve, traería a este mundo a su nieto gay, no sin apreciar con algo de ironía, que la vida de Frasquita parecía condenada a servirse de pájaros muertos y desplumados para medrar.

Pero todo fue en vano. El día D y tras una señora sesión de jachís servido en cachimba, tras romper aguas, la Paca anunció sin un ápice de miedo en sus ojos que deseaba un parto natural… Y se dispuso a empujar con su habitual tenacidad, hasta parir a su hijo.

Le llamó Jesús por aquello del milagro de los peces y corrió a bautizarlo tan pronto como la hubieron atendido en la peluquería del barrio. Esta vez no sólo se tiñó de rubia sino que se hizo la permanente adquiriendo un look muy a lo Marilyn. Marisa le compró a la Paca un vestido de lentejuelas que apenas daba para cubrir sus pezones y ésta se lo ponía todas las noches para cantarle a Jesús, a modo de nana, Y sin embargo te quiero. Qué lagrimones le escurrían a la pobrecita por toda la cara y cómo se le enganchaban en los pelillos mal afeitados, cuando llegaba a estas estrofas:

Vives con unas y con otras

y na’ se te importa de mi soledad

sabes que tienes un hijo

y ni el apellido le vienes a dar.

Llorando junto a la cuna

me dan las claras del día,

mi niño no tiene pare

que pena la suerte mía.

Anda, rey de España,

vamos a dormir

y sin darme cuenta

en vez de la nana

yo le canto así:

Te quiero más que a mis ojos,

te quiero más que a mi vida,

más que el al aire que respiro

y más que a la mare mía.

Que se me paren los pulsos

si te dejo de querer,

que las campanas me doblen

si te falto alguna vez.

Eres mi vida y mi muerte

te lo juro compañero,

no debía de quererte

no debía de quererte.

y sin embargo te quiero.

¡Qué soberbia estaba la Paca, cantándole a su Jesusín de esta guisa! Tanto que los vecinos, escuchando a aquel ángel, hicieron, sin mala intención, correr los rumores sobre la rubia de postín y voz de tenor hasta el punto que un día acudió Carmelo a su casa, presentándose con una tarjeta que anunciaba su profesión de representante y productor de espectáculos de cabaret. La Paca firmó el contrato vinculante sin pensárselo dos veces y sólo impuso una condición: quería unos zapatos con tacón de aguja; y rojos, de charol. No hubo problemas.

Los años pasaron para la madre trabajadora en un abrir y cerrar de ojos y pronto se encontró con un hijo independiente, una madre que estaba más “pallá” que “pacá” y una consolidada carrera de cantante de copla desde el anonimato más cauto —Paca Carrington, se hacía llamar—. Pero fue entonces cuando la tragedia llamó a su puerta: le llegaron rumores de que su hijo Jesusín no era gay, sino bi; que lo mismo le daba ocho que ochenta, que ni chicha ni limoná, que tanto a la carne como al pescado. Aquello no era orientación sexual, era vicio. La Paca lo echó de casa sin contemplaciones, eso sí: con el corazón roto y dos lagrimones. Esto no se le hacía a una madre que había luchado tan duramente por su hijo. Cuántas películas de Raphael habían visto, cuántas tardes de sábado en Cine de Barrio; todo en vano si al mocito le ponía la Jolie tanto como el Burt Reynolds. La Paca sentía que le había dado su leche a un desconocido.

Marisa estiró la pata del disgusto y dejándola tan sola aprovechó para irse a las Américas. Allí estudió baile con Madonna que confesó acudir al teatro de incógnito siempre que leía en cartelera el nombre de Paca Carrington. Se hicieron íntimas amigas y se dejó iniciar en las artes de seducción mediante el yoga, pero a la Paca le atacaba la artritis y tuvo que resignarse a los métodos tradicionales —corsés apretados y soplar el humo intencionadamente a los ojos de su presa para que esta no la viera venir— pero un día, contemplándose en el espejo y observando la calvicie ya imposible de ignorar decidió que había llegado la hora de adquirir una peluca o regresar a casa a vivir la menopausia como una mujer decente.

Al volver, encontró a Jesusín en el aeropuerto; había leído en todos los periódicos sobre su regreso y quería ser el primero en abrazarla. Necesitaba de su perdón, según le dijo. La Paca miró a ese hombretón a punto de cumplir los treinta y se dijo que él también se merecía ser feliz por lo que le daría la libertad de perseguir sus sueños como hizo ella tanto tiempo atrás.

Sólo unos meses después, durante la fiesta de cumpleaños de su hijo, pudo sentir la Paca todo el orgullo de que es capaz una madre, al ver cómo su hijo, por ser más liberal en gustos, tenía garantizado el amor. No se lo reprochó ni se reprochó nada a sí misma tampoco, pues ella fue sólo el producto de sus circunstancias y de su educación. Muy al contrario, echó la vista atrás y dijo para sí: ¡soy rubia y cojonuda! ¡Me siento realizada!web tracker

La espera

Parece no tener fin. Ha llamado a la puerta y yo la he abierto obediente después de anudar un pañuelo alrededor de mi cabeza que cubre totalmente mis ojos y me impide ver. Estoy contra la pared para evitar caerme o tropezar con ese hombre al que no veo. Busco su olor y deseo sus palabras que me permitirían reconocer su voz. Pero no habla y, de momento, mantiene las distancias. Supongo que se pregunta ahora mismo qué va a hacer conmigo. Yo le haría gustosa una cuantas sugerencias, pero he hecho también voto de silencio y me limito sólo a esperarle.

ojos cubiertosPorque sé bien de mi torpeza, había pensado en quitarme toda la ropa antes de su llegada; desnudarme con los ojos vendados, pese a la ayuda que él quisiera ofrecerme, es peligroso conociendo mi precario equilibrio y mi mal medir de distancias. Pero esperarle completamente desnuda arriesgándome a abrirle la puerta a otro… Por eso he optado, al final, por ponerme un camisón que no es tal. De color rojo, muy corto, muy escotado, muy fácil de quitar y que hace que quitarlo sea innecesario pues apenas esconde piel o carne.

Esos segundos que él tarda en decidirse a tomarme, de la mano o del todo, son un suplicio delicioso para mí. Puedo imaginarme contra la pared, de rojo, temblando ligeramente a causa de la excitación. Mi deseo partido en dos: una mitad anhelando su voz, reconocer sus manos en mi cuerpo, sus besos en mis labios, su erección a la altura de mi ombligo. La otra mitad poseída por el desdén de un extraño que sólo busca su propio placer en mi cuerpo, que sabe disfrutar de mí como no sé hacerlo yo misma, que no mostrará compasión por mi hambre de afecto.

Han pasado tres segundos desde que le oí cerrar la puerta a su espalda y sé que está muy cerca, casi rozándome ya, por el calor que siento. Sigo esperando sólo un segundo más mientras me pregunto qué parte de mi cuerpo acariciará primero y si le reconoceré.

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