Pero antes cayeron los controladores

Fue muy fácil. El gobierno lo había aprendido ya gracias al fiasco de la última huelga general. Habían presentado un plan de recortes que se llevaría a cabo durante 2010. Entre estos recortes y sin que significara un ahorro que nos ayudara a salir de la crisis que ya entonces se veía que no iba a durar dos añitos, como se previó a mediados de 2007, se encontraban los derechos de todos los trabajadores que, de pronto, podrían ser despedidos con menos costes, razones y posibilidades de reclamación.

Los sindicatos, claro, llamaron a la huelga general. Pero la retrasaron hasta el 29 de septiembre. Aunque yo estaba allí, desconozco los motivos reales para esto. Lo justificaron de cara al ciudadano como algo necesario para evitar el período vacacional de verano. No sé si esto puede creerse o no pero el gobierno se vio entonces con dos meses enteritos que empleó en el desprestigio de los sindicatos. En la tele, en la radio, en los periódicos, comenzamos a enterarnos todos de cuántos exactamente en sus filas disfrutaban de permisos para realizar una labor que, para dignificarse, hubiera debido ser voluntaria y, por supuesto, gratuita.

La gente dejó de hablar de la huelga general para referirse a la huelga de los sindicatos. Personas cuya situación laboral era más precaria que la mía se obstinaban en defender a sus jefes que, al fin y al cabo, tenían la amabilidad de mantenerles en sus puestos durante unos meses más por unos 800 generosos euros, de aquellos infelices chupasangres sindicalistas que sólo movían el culo por sus propios intereses por mucho que pretendieran el amor fraternal. Y los parados… Bueno, éstos sentían que no tenían nada que ganar; al no tener empleo, ¿qué derechos reclamaban en una huelga?

Yo fui testigo de aquello. La huelga fue apenas secundada. El gobierno aprendió.

En cuanto a los controladores, hay quien dijo que les habían hecho la zancadilla. Yo no lo sé. Leí infinidad de artículos de prensa que encontré en Internet y la misma cantidad de entradas en blogs de opinión. Los primeros hablaban de chantaje, rehenes, huelga salvaje, privilegiados; en los segundos se repetía constantemente la palabra Decretazo y se limitaban a llamar borregos a los ciudadanos que creían a pies juntillas los hechos que exponía el gobierno. En unas pocas horas Twitter estaba plagado de mensajes de odio; no se encontraba ningún comentario que no incluyese los insultos que conformaban todos los titulares. Parecía que ya nadie supiera hablar sus propias palabras ni pensar sus propias ideas.

Los pasajeros que quedaron en aeropuertos, los llamados rehenes, jamás pudieron conciliar su mala experiencia con otras verdades que el linchamiento moral ocultaba: el gobierno proclamó el Estado de Alarma para obligar a los controladores a volver a sus puestos al tiempo que privatizaba buena parte de su negocio de aviación. Los nuevos propietarios habían estado sentados a la mesa, en La Moncloa, no mucho antes.

Algunos pidieron la cabeza de Zapatero, cabreadísimos por el Estado de Alarma durante el cual se celebró el aniversario de la Constitución Española. Había rumores en cuanto a que si la situación se prolongaba, las elecciones serían imposibles, pero para cuando él entro en escena, los ciudadanos ya sólo le pedían cuentas por unas filtraciones de Wikileaks según las cuales la legislación española se fabricaba en EEUU.

Y todo esto perdió importancia también el día que se quebró la Neutralidad de Red. Los insultos, los mensajes de odio ciego se acallaron. Todos a la vez.

Los periódicos continuaron informando según la afiliación política de los salarios de su plantilla. Para cuando el PP llegó al poder, los hombres y mujeres ya habían aceptado con resignación todo lo que llegaría: el recorte de pensiones, el final de la Sanidad Pública, de los salarios por encima de los 1000 euros. La industria de la construcción no se recuperó pero, con tanto como había hecho ya y todo en manos de bancos, el ciudadano medio logró, por un precio no superior a los 500 euros mensuales, la mitad de un sueldo muy decente, alquilar un hogar y presumir de tener como casero a ilustres como Emilio Botín o Fainé.

Los colegios dejaron de ser competencia pública también. La educación se convirtió en otro bien preciado al que sólo unos pocos podían acceder mientras que el resto de los niños, nuestro futuro, era simplemente entretenido. Se alzó una asociación de profesores en defensa del derecho a la educación que fue pronto sofocada, juzgada y encarcelada por su supuesta dirección y beneficio en una red de prostitución infantil. Un hombre mató a una de las profesoras ante el Juzgado de lo Penal número 24 de Madrid. Se convirtió en un héroe nacional e invitó, desde los programas de televisión y radio en los que participó, a ser vigilantes como él, a tomar el bienestar de sus hijos como única ley vigente. Pero tampoco tuvo mucha importancia: después de que se eliminase por completo el presupuesto para el Miniterio de Ciencia e Innovación, los niños españoles ya no querían aprender; querían participar en concursos como Operación Triunfo, Factor X y Supervivientes; confesar sus vidas en programas de televisión, ser protagonistas de un Kiss&Tell.

Fue entonces cuando muchos nos fuimos. Ni a Francia ni a Reino Unido; Alemania tampoco aceptó nuestra inmigración masiva que haría peligrar su ya perfecto equilibrio. Nos fuimos y nos reencontramos en los peores lugares, aquéllos que sólo unos años antes eran el centro de nuestra compasión, a veces de nuestra indignación.

Nos fuimos, muchísimos como digo, y no volvimos nunca porque España, la España que dejamos era de los que la habían hecho así. No era la nuestra.

A mi país lo eché yo de menos profundamente pero, lo que me hizo padecer durante todos los años de exilio pasados, hasta el último, hasta ahora mismo, fue la sensación de deja vu.

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Llamamiento a la huela general

Queridos todos:

Habréis notado que soy poco propensa a mezclar la política con mis pobrezas de espíritu, pero es un buen momento para las excepciones ya que se dan circunstancias excepcionales: ingenua de mí, siempre estuve segura de que, disfrutando de un Estado democrático, disfrutaría siempre de mis derechos, de que no volveríamos a ver caciques como los villanos que habitaban las novelas de Delibes; que el Estado, en definitiva, velaría por mis intereses, algo más a la derecha, algo más a la izquierda de donde estos yacen. Pero, como digo, he sido ingenua.

Lo he sido también al pensar que era “de cajón” que todos iríamos a la huelga para protestar enérgicamente por esta desfachatez que no puede ser llamada si quiera medida ya que no mide nada más que la arrogancia, el egoísmo y la estupidez de aquéllos que nos representan, que piensan que podrán traicionar a sus votantes, a los ciudadanos de este Estado democrático sin consecuencia alguna. Pero no: ayer mismo descubrí que no es general esta intención de protesta. Y me pregunto por qué. Y para los que se preguntan por qué por qué, dejo aquí estas explicaciones fácilmente inteligibles y unos ejemplos prácticos que me ha enviado alguien que ya sabía que que no estaríamos todos diciendo que sí, hombre, y qué más a esos nuestros dirigentes que nos dirigen hacia atrás, bien financiados por la crisis —a partir de ya, la crisis será la culpable de todo lo que haga mal; siempre soñé con contar con una excusa así de buena y versátil—.

Los efectos prácticos de la reforma laboral

1984/2010

Los primeros meses tras rejas fueron los peores de mi vida. Cada noche miraba fijamente la oscuridad, esperando las pesadillas, esperando oír esos horribles gritos una y otra vez. Incluso tras estos gruesos muros penitenciarios, no había dónde esconderse de lo que le había hecho a aquella pobre familia.

Entonces, una noche, ocurrió: estaba tumbado solo en mi celda, mi única compañía las visiones de maldad que llenaban mi cabeza. De pronto, hubo una luz, y de alguna forma la luz me habló. Era la voz de Jesucristo. me contó que había muerto por los pecados de la humanidad y que todos podíamos encontrar la paz a través de su Salvación. ¿Estaba preparado para el arrepentimiento?

Uh, deja que lo piense un segundo. ¡Sí!

Fue un golpe de suerte increíble. Creí que mi vida agonizaría aquí, pensando en aquella noche en la que entré en una casa escogida al azar y torturé de forma metódica a sus cinco residentes, pero Jesús decía: “No, tú eres bueno”. Él tomó todos aquellos años en los que yo esperaba revolcarme en mi asfixiante culpabilidad por haber obligado a una madre a elegir el orden en el que yo estrangularía a sus hijos y los borraría del mapa en un santiamén.

Lo que resulta irónico porque la familia que asesiné estuvo rezando a Jesús como loca todo ese tiempo.

Si no fuera por el Salvador, aún viviría con una conciencia terriblemente atormentada, como un bobalicón. Solía pensar que, tal vez, sólo tal vez, podría aliviar algo del dolor implacable después de una vida de buen trabajo y contrición. Pero una vez que la Gracia del Señor me hubo lavado—y aquello llevó, ¿cuánto?, ¿15 minutos, puede, como mucho?—Sabía que estaba libre de pecado.

Bing, bang, bum. Salvación.

Quiero decir que es una lástima que nunca vaya a volver a aquellos días que despilfarraba en culpa insufrible, pero Jesús me sacó de aquello para siempre, así que no me voy a quejar. No tiene sentido vivir en el pasado. El hombre que terminó brutalmente con cinco vidas inocentes y se preparó después un vaso de leche con chocolate es una persona totalmente distinta. Ahora sigo al Señor.

Y, tío, ¡es genial! Todos los kilos que perdí por remordimiento volvieron en seguida con mi renovado apetito, y duermo mejor que nunca. Claro que, de vez en cuando, mis sueños se interrumpen con la imagen de aquel niño de seis años con el cuello roto que me señala, pero para eso conservo el viejo 1 Juan 1:9 pegado al techo: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” Bastante directo, ¿no? Y no es como si el niño no estuviera en el cielo ahora mismo, envuelto en la luz de su amor y todo.

Dios se cuida de ambos.

Ahora conozco el poder del perdón, Porque me fue entregado en mano por la máxima autoridad del Universo. Estaría bien que los familiares y amigos de los Robinson me perdonasen también, pero, ¿sabéis qué? Eso queda entre ellos y el Señor. Todo lo que yo puedo hacer es perdonarles por juzgarme. Si sus corazones se endurecen y se alejan de Su Amor—en fin, de verdad, todo lo que me sale es compadecerles.

Es una pena que no todos podamos dejar aquella horrible noche atrás, con sus balbuceos sofocados, las súplicas desesperadas de piedad, y los asesinatos sangrientos y sin sentido. Pero, afortunadamente, yo lo he hecho.

Jesús me ha guiado a una nueva senda. No sé que habrá más adelante exactamente, pero ahora que ya no estoy tan triste todo el maldito rato, He pensado que podría aprender algún idioma. Me inclino hacia el japonés, incluso después de oír que es muy difícil. La gramática parece que es bastante triquiñuela, y luego están todos esos caracteres tan raros que también se tienen que aprender.

Por supuesto, las leyes del hombre me mantendrán físicamente tras las rejas para el resto de mi vida. Pero mi alma ha sido liberada por el Señor y el sacrificio de Su único hijo. A pesar de todos mis pecados terrenales, Él me ha redimido. Siempre lo hace.

Si lo hubiera sabido antes, hubiera matado muchos más.*

—Y, bien, ¿qué es esto? ¿Qué he leido?

—Señor, se trata de una carta que el preso 317.852.327 ha solicitado que se haga pública.

—Estupendo… Perfecto. Veo que el programa de rehabilitación está funcionando… Publiquen la carta… No, un momento, eliminen la última línea, y preparen su ejecución de inmediato.

—Pero, Señor, el preso 317.852.327 no está programado para ejecución, sólo recinamiento.

—Diablos, ¿quién es el incompetente responsable de este error?

—El juez Solomon, Señor.

—Quiero que se le destituya. Resulta tan errático a la hora de seleccionar las penas para los presos que comienzo a sospechar subversión.

—Sí, Señor.

—Y, en cuanto a la ejecución del preso, ya conoce el sistema: depresión y sugerencia de suicidio. Procure que el proceso no se extienda más allá del sábado. Ya sabe que nada me molesta más que trabajar los domingos.

—Sí, señor.

—Y, hablando del domingo, ¿que se ha dispuesto para la Oración?

—Hemos pensado utilizar el mismo caso, Señor. Verá, creemos que se puede repartir por distritos: a los más deprimidos económicamente les mostramos a la parentela y amigos de los Robinson haciendo declaraciones contra el preso pues su incapacidad para el perdón suele alterar más a estos sectores. A los patricios, con Su Magnánimo permiso, se les debería permitir ver un montaje del preso viviendo ahora sin culpabilidad, tomando unas clases de japonés y, lo más importante, con una voz en off que lea su misiva, incluyendo la última línea.

—Excelente. Ponga a todo el equipo a trabajar en ello, John. No tienen demasiado tiempo, no cuentan con toda la Eternidad.

—Sí, Señor.

*Traducción de una servidora de un texto encontrado, como muestra el enlace al mismo,en The Onion, y que ha inspirado este relato.

La memoria de Garzón

No me he equivocado. No me faltan preposiciones en el título. No pretendo escribir en memoria ni a la memoria de nadie. Aclarado esto, me gustaría disculparme: por no haber escrito esta entrada a tiempo; por no tenerla preparada, incapaz como he sido siempre de prever los acontecimientos futuros y limitarme a esperar el desenlace feliz de cualquier cuento.

La memoria de Garzón es la que a mí me ha faltado. Y no la he echado de menos. No por aquello de que hay que cerrar heridas. Sólo porque en mi familia no hay víctimas del franquismo. Mis bisabuelos sobrevivieron casi todos a la guerra. Los que no lo hicieron no fallecieron de muerte, sino de vida, de vivir.

Mi bisabuelo Ángel, al que siempre llamé yayo por no contradecir a mi madre, era del norte, de Cantabria, como su mujer, la yaya Gloria. Tenían tierras y vacas. La yaya parió cinco niños y dos niñas, y mi abuela, que fue la segunda o la tercera, mamó hasta los cuatro años, subiéndose a una sillita para alcanzar el pecho de su madre cuando ésta dijo que ya era muy grande para cargarla a la vez que la alimentaba.

Sus tierras verdes y apolíticas colindaban con tierras no tan verdes y más fascistas cuyo propietario acusó de rojo a mi bisabuelo. Entonces, como es de esperar, como ocurrió en muchas casas, llegaron los hombres del nuevo régimen y se llevaron a los padres y a uno de los niños, el pequeño, Ángel, que era aún lactante de verdad y no por glotonería como mi ascendente, a prisión.

A la yaya la dejaron salir más o menos pronto. Al yayo Ángel le sacaron todos los días de casi tres años al patio, contra el paredón, para escuchar la frase llena de sorna: —caramba, Ángel, qué suerte has tenido, que nos hemos quedado sin balas. Pero tú casi te cagas, ¿eh?— Pero, como he dicho no hemos llorado en casa ninguna víctima del Franquismo.

Después les desterraron a Zaragoza dónde pasaron hambre hasta que lograron colocar a varios de sus hijos repartidos entre las casas de la familia. A mi abuela le tocó irse Madrid, a casa de su tía, a hacer de señorita de compañía o de sirvienta, cada cual escoja la versión que prefiera que yo he oído ambas y al final me resultan iguales, donde aprendió a hablar el castellano sin acentos, aunque nunca dejó de usar el condicional simple del indicativo en lugar del pasado del subjuntivo, y a vitorear el paso de los soldados en los desfiles.

La yaya tenía unos ojos preciosos, de esos sombríos que tanto gustaban entonces, al estilo de Greta Garbo. El alcalde la acusaba a menudo de llevar maquillaje en ellos y hacía apuestas con sus amigos que terminaban en la obligada prueba del algodón: la yaya se pasaba un pañuelo por los párpados para que los hombres pudieran ver que lo suyo era natural.

Como digo, nada grave; sin víctimas. Pese a que mi yayo, el de verdad, el padre de mi padre, trabajase como un burro a cambio de un sueldo miserable; que mi padre no aprendiera a hablar catalán; que la secreta le sacara de casa a las tres de la madrugada, cuando yo ya existía, porque alguien confundió su escopeta de perdigones con un arma peligrosa cuando la sacaba del maletero y le diesen, durante varias horas, el trato que sólo recibían, ya entonces, terroristas.

Y es que uno puede temer por su vida, o temer la que le toca pero, sin víctimas parece que no hay nada que lamentar.

Por eso escuché siempre estas historias como quien escucha anécdotas ocurridas en países remotos. Como si hubieran tenido lugar en el Congo. Como si nunca más pudiera volver a ocurrir.

Y lo de Tejero no cuajó. Y la derecha española sabe que ha de ser descremada si quiere pisar la Moncloa. Y hace tiempo que ya ni si quiera temo a la Benemérita, que ya ni resulta gracioso el insulto que tan amigos fuimos muchos españoles de proferir.

Y así es como uno olvida, con cada losa en su sitio; cada losa sobre cada muerto. Un epitafio en cada losa.

Con eso y con saber que no volverá a ocurrir. Tal vez en el Congo, pero no aquí. Que no morirán más Lorcas ni Hernández, ni alcaldes rojos, ni maestros, ni gentes que opinan, sea cual sea su opinión.

Por eso y porque siempre he creído en la justicia, porque me crié en ella y en la seguridad de su prevalencia. No sé… Como en las pelis, que al final siempre ganan los buenos y todo eso que, si bien es un truco de Hollywood, existe sólo porque los guionistas nos dan lo que les pedimos, ¿no?

Me pareció pues, y qué coincidencia que acababa poco antes de leer El Corazón Helado, de Grandes, cuando Garzón se decidió a pedir explicaciones al régimen franquista, a redimir a sus víctimas, las de verdad, las muertas, y las morales, como las mías, que sólo te escuecen en los por qués, que buscaba ese final feliz, porque señores de Manos Limpias, ¿cuándo es la muerte un final digno de una historia?

Y ahora que todo ha acabado mal, parece florecerme la memoria. Me siento víctima por primera vez, ya que por primera vez soy testigo de agravios, por primera vez de verdad veo que no ganan los buenos. Y fíjense que hasta ahora ningún compatriota mío me había parecido inmoral, sino sólo distinto en filiación política. Y, claro, no puedo dejar de preguntarme que haré ahora con la memoria de Garzón sin la esperanza de la justicia.

Cuando te digo China del alma

Don´t be a tourist, be a traveller, decía la camiseta de mi hermano más joven. Se la compró en Springfield, en la primera tienda que encontramos de esta cadena, antes de sospechar si quiera que se trataba de una cadena, en el primer centro comercial que yo pisé y que no consistía en un edificio de cinco o seis plantas de propiedad exclusiva del Corte Inglés o de Galerías Preciados. Conozca el lejano Oriente en el Corte Inglés, decían los carteles.

Yo me sentía identificada con aquella camiseta que mi hermano lucía por puro cool por estar escrita en inglés.

No sé mucho sobre China: los chinos venden en tiendas que abren de sol a sol; las chinas no tienen tetas, pero son más altas que las japonesas, que tampoco tienen. Están en el hemisferio norte, así que van imparables hacia el verano, como yo, pero la región a la que voy, el sureste, queda en zona tropical; por esto he llenado mi maleta con los veinte kilos que mi barato y no negociable billete me permite de ropa de verano. Sólo llevo una chaqueta, por si las moscas, por si el tiempo está también loco al otro lado del globo. Sé que la pasta que colocó la gastronomía italiana en el número uno de los Delicatessen, llegó de China, de la mano de Marco Polo.

Viajo entre Big Boss y Galatea, en turista. Lo normal sería que ellos viajasen en Business, al menos Big Boss, pero le pareció de mal gusto dejarnos a nosotras en el piso inferior, el apretado, mientras el viajaba colmado de placeres y comodidades; le pareció aún peor comprar tres pasajes de primera.

En Frankfurt, nos ha regalado unas bolsitas que contienen antifaces para dormir, calcetines especiales para el vuelo que a mi no dejan de parecerme medias gordas, de las que te cortan la circulación, y unas almohadas hinchables, de las que se enroscan alrededor del cuello.

—Ya está— nos dice sonriente, tras pagar la friolera de 89 euros por los tres —ya os he hecho el upgrade; nada que envidiar a los que vayan en Business.

Rebusco, con cuidado de no hincarles los codos a ninguno de los dos, en la bolsita, pero no encuentro la bomba para hinchar la almohada. El cuello me duele desde el viaje entre Madrid y Frankfurt. Necesito la almohada ya. No hay bomba y, mientras me mareo soplando lo que imagino el último contenido de mis pulmones, mi esencia vital, se diría, recuerdo a la guarra de la Cameron Díaz y la sufrida y noble Kate Winslet en sus respectivas escenas cruzando el atlántico en sentidos opuestos en The Holyday. Me imagino a la gente que va arriba dándose banquetes, agarrando patas de cordero asado con las manos, pringando jarras de cerveza que escurre por sus comisuras mientras atentas azafatas —y azafatos— les alivian los sufrimientos con frecuentes masajes de pies.

En algún momento me quedo dormida, o me desmayo intentando inflar la jodida almohada que, además tiene las costuras, bien afiladas, hacia fuera.

Y, en algún otro momento, me despierto con dolor de cuello, la barbilla incrustada en mi pecho y la sospecha, por lo reseco de mi garganta, de que he estado roncando a todo volumen.

La azafata que me sirve el desayuno, tras el cual he de salir disparada hacia el aseo, se parece a Vanessa Mae. De camino al baño observo que el avión está plagado de jóvenes rubiales equipados con el nuevo iPad. Todos ellos visten vaqueros y camisetas de segunda marca; todos tienen el pelo algo crecido. Hago sin querer una regresión al instituto donde chicos con gafas de carey, Levi’s desgastados y zapatillas Adidas, prometían salir al mundo, tan pronto acabaran la carrera, a trabajar en proyectos de altísimo valor social en países subdesarrollados. Por un momento calibro la posibilidad de adquirir uno de ésos prodigios, de la tecnología, digo, en Hong Kong, Seguro que han de ser más baratos allí, quizás a precio de fábrica, pienso, justo antes de recordar que uno de mis compañeros pagó por un Razor, muy barato, para descubrir, de vuelta en España, que el motivo de que no funcionase era que había adquirido sólo la carcasa.

En el baño, con un inodoro demasiado alto, me doy cuenta de que no podré mantenerme de pie, sin sentarme, y lograr que todo mi agüita amarilla vaya sólo adentro. Limpio el asiento lo mejor que puedo para poder plantar mis posaderas y mear como las personas de mi género. He observado un cartel que ruega no tirar determinados artículos al inodoro. Los artículos en cuestión no aparecen citados por nombre, sino dibujados. No entiendo los dibujos; hay uno que podría tratarse de una compresa 25 x 25, o sea, de las que aseguran que el flujo no corra muslos abajo. Lo miro más detenidamente y ahora me parece que también podría tratarse de un trozo de papel higiénico a quien alguien le haya doblado todos los bordes hacia dentro, por aburrimiento, se diría, como tantas veces se hace con el billete de autobús que nadie sabe dónde guardar y que, al final, permanece en las manos durante todo el trayecto, doblado mil veces, sudado. Tomo nota de no tirar absolutamente nada. La papelera está empotrada en la pared, junto al lavabo, y ya rebosante. Me despisto imaginando como me las voy a arreglar para secarme con un trozo de papel, sujetarlo en la mano, subirme bragas, pantalones, abrochar el cinturón con la única mano que me quedará libre y luego tirar el papel en ese micro espacio atestado, sin rozar la trampilla que seguramente ya han tocado otros y, aún peor, empujarlo hacia dentro para que no salga rebotado por la basura ya apretada en el interior. Estoy distraída calculando distancias, fuerzas vectoriales y conjunciones planetarias cuando por fin echo la última gotita, uso el papelito y lo lanzo al inodoro sin darme cuenta. Lo miro, me planteo rescatarlo. Ni hablar. Acciono la cisterna. Ruge aterradoramente y, de pronto, el desagüe parece engullir todo el contenido, como si estuviéramos en el espacio exterior y alguien hubiese abierto accidentalmente la puerta del Halcón Milenario. Sé que no volveré a sentir urgencia por usar el baño durante lo queda de vuelo: si se accionara la cisterna, por algún automatismo diseñado por el bromista del ingeniero, sufriría la misma muerte que Alien en la primera entrega. Sólo cuando vuelvo a mi asiento imagino mi pipí y el papelito flotando en la troposfera hasta que vuelvo a quedar dormida.

Big Boss me despierta, hemos aterrizado. Y sólo queda otro vuelo, mucho más corto, entre Hong Kong y Xiamen.

El nombre propio

Durante un tiempo hubo en casa un Libro de los Nombres. Creo que lo compró mi madre, y no porque estuviera interesada en conocer el significado del suyo ni de los escogidos para su prole, aunque alguna vez disfrutó haciéndome rabiar, obligándome a proteger mi precoz escepticismo, recitando las inexplicables coincidencias, elevándolas a la categoría de místicas, que ella encontraba entre el significado de nuestros nombres y nuestros caracteres, sino porque era el libro regalo del mes en Círculo de Lectores.

Reconozco que siempre me ha llamado la atención la forma en que escogemos nombres para los que llegan y las tradiciones a las que esto obedece. Orlando, por ejemplo, se llamaba así porque así se llamaba uno de sus dos abuelos y ha comenzado ya a inculcar a sus hijos el deber de bautizar —porque en su casa los niños y niñas son católicos, apostólicos y romanos, todos los que son y todos los que serán— al menos a uno de sus nietos de la misma forma: —Imaginaos, niños: dentro de 1000 años aún habrá un Orlando en esta región—. Supongo que así quedan Eustaquios, Indalecios y Rubercindos por el mundo. O Angustias… Aunque también podría deberse al gusto por el juego y el azar y lo que habría que evitar a toda costa es ponerse de parto en días como el 20 de febrero, el 19 de junio, el 10 de octubre o el 19 de diciembre, para los progenitores más indecisos que dijeron aquello de “pues le ponemos el nombre del santo del día y ya está. Y si no hay nombre de niña, pues el de tu madre, que seguro que le hace ilusión”.

Yo confundí su nombre con un alias. No es tan sorprendente si consideramos que eso era lo que le ofrecía a cambio, el mío, y que es el suyo un nombre con significado, propio. —No sé a qué alias te refieres— me dijo al comentarle yo lo mucho que me gustaba —se trata de mi nombre de pila.

Pero, en realidad, no. Su nombre sí, de pila no.

Mi tío que es mi tío Javier, descubrí un día, se llama en realidad Francisco Javier, porque cuando él nació a los curas no les hacían gracia aún las familiaridades con los santos. Yo misma casi me libré del bautizo porque mi padre se negaba a transigir un “María” delante del nombre que mi madre había soñado ponerme toda la vida.

Y hoy, cuando conozco a niñas con nombres de perras astronautas rusas, o de artistas de Hollywood, cuando entiendo que las parejas prefieren Noah o Elijah a Noé o Elías, le conozco a él también con un nombre que debiera  ir bordado en un estandarte, o en el alma, que es donde mejor lucen algunas ideas.

Se llama Liberto y fue su nombre, como ha ocurrido antes con otros menos justos, el sueño de su abuelo y, después, de su padre, que creyeron que un nombre podía dar sentido al sentido común.

Me fascina su nombre tan antiguo como el hombre, tan viejo como la injusticia. Es el clamor de todos los pueblos juntos. Su eco perdido aún en el recibo de la gasolinera que encontré en el suelo tras pagar con su tarjeta con titular José L. porque, incluso en tiempos modernos, al cura no le dio la gana y el del registro civil no quiso que naciera un hombre que no se debiera a la servidumbre, tal que hombres libres no son santos. Perdido su eco entre los nombres compuestos y originales.