Que el Gran Genoma nos bendiga a todos

Cena-navideñaA la nenita, Violeta, de unos seis o siete años, se la habría confundido fácilmente con aquélla del abriguito rojo que salía en una película muy, muy antigua, que algunos se empeñaron en catalogar como clásico, pero que la mayoría de vosotros no habréis visto. Y sólo por el color de su abrigo. En cuanto a su madre, que tiraba de ella entre los maravillados viandantes, las orquídeas, los cristales Swarovski, espumillón y guirnaldas y un sinfín de precoces decoraciones de Beldad—pues habían asomado sus naricitas respingonas toda clase de tallas a principios de noviembre— ésta habría podido confundirse con cualquiera de nuestras bellas, cívicas, ejemplares ciudadanas.

—Mamá, ¿qué es un podre?

—¿Un podre?… Hum… No sé, hija. ¿Qué es un podre? Sigue leyendo

Pero antes cayeron los controladores

Fue muy fácil. El gobierno lo había aprendido ya gracias al fiasco de la última huelga general. Habían presentado un plan de recortes que se llevaría a cabo durante 2010. Entre estos recortes y sin que significara un ahorro que nos ayudara a salir de la crisis que ya entonces se veía que no iba a durar dos añitos, como se previó a mediados de 2007, se encontraban los derechos de todos los trabajadores que, de pronto, podrían ser despedidos con menos costes, razones y posibilidades de reclamación.

Los sindicatos, claro, llamaron a la huelga general. Pero la retrasaron hasta el 29 de septiembre. Aunque yo estaba allí, desconozco los motivos reales para esto. Lo justificaron de cara al ciudadano como algo necesario para evitar el período vacacional de verano. No sé si esto puede creerse o no pero el gobierno se vio entonces con dos meses enteritos que empleó en el desprestigio de los sindicatos. En la tele, en la radio, en los periódicos, comenzamos a enterarnos todos de cuántos exactamente en sus filas disfrutaban de permisos para realizar una labor que, para dignificarse, hubiera debido ser voluntaria y, por supuesto, gratuita.

La gente dejó de hablar de la huelga general para referirse a la huelga de los sindicatos. Personas cuya situación laboral era más precaria que la mía se obstinaban en defender a sus jefes que, al fin y al cabo, tenían la amabilidad de mantenerles en sus puestos durante unos meses más por unos 800 generosos euros, de aquellos infelices chupasangres sindicalistas que sólo movían el culo por sus propios intereses por mucho que pretendieran el amor fraternal. Y los parados… Bueno, éstos sentían que no tenían nada que ganar; al no tener empleo, ¿qué derechos reclamaban en una huelga?

Yo fui testigo de aquello. La huelga fue apenas secundada. El gobierno aprendió.

En cuanto a los controladores, hay quien dijo que les habían hecho la zancadilla. Yo no lo sé. Leí infinidad de artículos de prensa que encontré en Internet y la misma cantidad de entradas en blogs de opinión. Los primeros hablaban de chantaje, rehenes, huelga salvaje, privilegiados; en los segundos se repetía constantemente la palabra Decretazo y se limitaban a llamar borregos a los ciudadanos que creían a pies juntillas los hechos que exponía el gobierno. En unas pocas horas Twitter estaba plagado de mensajes de odio; no se encontraba ningún comentario que no incluyese los insultos que conformaban todos los titulares. Parecía que ya nadie supiera hablar sus propias palabras ni pensar sus propias ideas.

Los pasajeros que quedaron en aeropuertos, los llamados rehenes, jamás pudieron conciliar su mala experiencia con otras verdades que el linchamiento moral ocultaba: el gobierno proclamó el Estado de Alarma para obligar a los controladores a volver a sus puestos al tiempo que privatizaba buena parte de su negocio de aviación. Los nuevos propietarios habían estado sentados a la mesa, en La Moncloa, no mucho antes.

Algunos pidieron la cabeza de Zapatero, cabreadísimos por el Estado de Alarma durante el cual se celebró el aniversario de la Constitución Española. Había rumores en cuanto a que si la situación se prolongaba, las elecciones serían imposibles, pero para cuando él entro en escena, los ciudadanos ya sólo le pedían cuentas por unas filtraciones de Wikileaks según las cuales la legislación española se fabricaba en EEUU.

Y todo esto perdió importancia también el día que se quebró la Neutralidad de Red. Los insultos, los mensajes de odio ciego se acallaron. Todos a la vez.

Los periódicos continuaron informando según la afiliación política de los salarios de su plantilla. Para cuando el PP llegó al poder, los hombres y mujeres ya habían aceptado con resignación todo lo que llegaría: el recorte de pensiones, el final de la Sanidad Pública, de los salarios por encima de los 1000 euros. La industria de la construcción no se recuperó pero, con tanto como había hecho ya y todo en manos de bancos, el ciudadano medio logró, por un precio no superior a los 500 euros mensuales, la mitad de un sueldo muy decente, alquilar un hogar y presumir de tener como casero a ilustres como Emilio Botín o Fainé.

Los colegios dejaron de ser competencia pública también. La educación se convirtió en otro bien preciado al que sólo unos pocos podían acceder mientras que el resto de los niños, nuestro futuro, era simplemente entretenido. Se alzó una asociación de profesores en defensa del derecho a la educación que fue pronto sofocada, juzgada y encarcelada por su supuesta dirección y beneficio en una red de prostitución infantil. Un hombre mató a una de las profesoras ante el Juzgado de lo Penal número 24 de Madrid. Se convirtió en un héroe nacional e invitó, desde los programas de televisión y radio en los que participó, a ser vigilantes como él, a tomar el bienestar de sus hijos como única ley vigente. Pero tampoco tuvo mucha importancia: después de que se eliminase por completo el presupuesto para el Miniterio de Ciencia e Innovación, los niños españoles ya no querían aprender; querían participar en concursos como Operación Triunfo, Factor X y Supervivientes; confesar sus vidas en programas de televisión, ser protagonistas de un Kiss&Tell.

Fue entonces cuando muchos nos fuimos. Ni a Francia ni a Reino Unido; Alemania tampoco aceptó nuestra inmigración masiva que haría peligrar su ya perfecto equilibrio. Nos fuimos y nos reencontramos en los peores lugares, aquéllos que sólo unos años antes eran el centro de nuestra compasión, a veces de nuestra indignación.

Nos fuimos, muchísimos como digo, y no volvimos nunca porque España, la España que dejamos era de los que la habían hecho así. No era la nuestra.

A mi país lo eché yo de menos profundamente pero, lo que me hizo padecer durante todos los años de exilio pasados, hasta el último, hasta ahora mismo, fue la sensación de deja vu.