Charla motivacional navideña a los empleados de Muchinacional, S.A.

Hendrix—Buenas tardes a todos. Me llamo Jesús, como ya sabéis todos los que hayáis leído la convocatoria y el cartelito de la entrada…— se oyen risitas entre los asistentes. —Ante todo, me gustaría agradeceros vuestra presencia; me parece admirable que vosotros, después de toda la jornada de trabajo, que estaréis deseando llegar a vuestras casas o que, casi con toda probabilidad, tenéis planes más atractivos para la tarde de un viernes, como, por ejemplo, ir a ver El Hobbit… qué genio el Jackson, ¿eh?… —murmullos de Sigue leyendo

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El infravalorado poder de la succión I

Los monstruos no siempre son la creación de elevadas ambiciones y morales deprimidas, sino que a veces nacen así estas pobres criaturas; pobres de espíritu como son, todo necesidad.

Y éste fue, precisamente, el caso de Loli, a la que su madre bautizó como María Dolores, nombre que ella borró de casi cualquier documento, excepto por el identificativo, para ser Loli a secas, sin virginidades que, pensó, no iban con ella. Sus compañeras del cole sí pensaban que le hacía honor pues les resultaba, como ocurre con muchas pelirrojas de facciones grandes, llanamente fea y la creían entonces; y también después, al alcanzar la madurez, cuando se confirmó que el resto de su esqueleto no alcanzaría a proporcionar nunca el enorme tamaño de su cráneo y que por ser chica de huesos grandes no habría carnes que lo cubrieran debidamente más allá de dos bultitos en el tórax y otro par en el punto exacto en que cabría esperar un buen culo que hiciera de sus rodillas, por comparación, algo más femenino.

Loli, sin embargo, quizás por tener dos hermanos, mayores que ella, feos de verdad, con verrugas, calvas precoces y halitosis crónica, paseaba por su adolescencia y siguió paseando por el resto de la vida como si de una beldad se tratase, confundiendo a sus amigas y aún más a los hombres que osaban su cama seguros de que la pobre andaría desesperada ya que, muy al contrario, necesitada de admiración como se sentía, desaparecía satisfecha con el apremio de sus conquistas sin haber pagado el precio, sin haber apaciguado ardores ni relajado durezas, sonriendo satisfecha incluso cuando alguno se atrevía a llamarla calientapollas. No está echa la miel para boca del asno, contestaba ella.

Poseía pues el convencimiento de su superioridad y creía, como muchas antes que ella, que, por su cara bonita, lo conseguiría todo. Incluso un empleo justamente remunerado pese a su currículo lleno de habilidosos parches y aptitudes que, según ella, le hacían merecedora de posiciones como mando intermedio. De esta forma convirtió empleos de dependiente en responsable de suministros y cursos de escaparatismo en los de una auténtica cool-hunter. Y gracias a estos pequeños retoques que ella, en su fuero interno, declaraba reales como la vida misma y por tanto debían serlo consiguió, un día, llamar la atención de un señor importante al hacerle ver que ella, al contrario que otras, sabía vender su producto.

El Sr. Importante no se lo pensó dos veces e invitó a Loli a unirse a su equipo seguro de su éxito y, para convencer a todos, dejó que Loli misma se presentara ante una sala llena de hombres demasiado convencidos de su superioridad y poco dados a reconocer lo que Importante había pensado en los últimos meses: necesitaban sangre fresca.

Como en las altas esferas de cualquier empresa, la atmósfera se cargaba a menudo con el humo de la paranoia y la conspiración hasta el punto de que es fácil encontrar a cualquier jefe de ventas sospechando su envenenamiento como si del propio Claudio se tratara y ofreciendo a beber de su copa a sus subalternos antes de arrimarsela a los labios propios. Los subalternos caían en Importancia S.A. como moscas; cualquier excusa era buena: participar en una huelga, discrepar de los métodos de un encargado que es a la vez cuñado de un directivo, pedir un aumento de sueldo, etc.

Loli sabía que no sería aceptada con facilidad y cuanto más lo pensaba más rabia le daba que, teniendo el beneplácito del Sr. Importante, tuviera que convencer a aquel atajo de arrogantes sexistas por lo que, después de meditarlo unos segundos, decidió dos cosas:

  1. El Sr. Importante debía confiar mucho en el criterio de aquellos chuletas sin más mérito que el de haber llegado primero, y esto apuntaba a cierta inseguridad por su parte.
  2. Si no puedes unirte a ellos, debes ir contra ellos.

Continuará…