Jaute

Desde el comienzo (para saciar la curiosidad de unos pocos)


Jaute estuvo siempre aquí, conmigo. No me cabe la menor duda de que era ella quien le plantaba cara a la autoridad de mis mayores; quien escogió año tras año los que son ahora mis ideales y también quien los defendió por mí. Jaute fue quien escribió aquella notita con dos palabras, “te quiero”, y quien se la entregó a aquel quinceañero poco merecedor… Es Jaute quien escribe a la sombra de un pino la inmensa mayoría de las veces.

Pero habiendo pasado tanto tiempo conmigo, jamás me dio por darle nombre y fue un niño quien la bautizó por mí.

El niño se llamaba Pablo y tenía problemas en el cole. Sus padres y los míos se conocían aunque no eran amigos y las atenciones entre ellos eran forzadas por convencionalismos que aún no alcanzo a comprender.

En cualquier caso, la idealista aceptó darle clases particulares a cambio de nada; alimentarle con bocatas de Nocilla porque era eso por lo que Pablo se desvivía; pasar tanto tiempo con él como fuera posible y ayudarle a superar esa edad de los 10 que parecía acarrearle los mismos problemas que a otros nos trajeron los 14.

Yo no era ningún pozo de sabiduría; sólo tenía 18 años. Pero me gustaba mucho leer y le recomendaba y prestaba  libros que, según descubrí después, los padres de Pablo le quitaban para leer ellos mismos durante sus muchas horas de ocio —ambos en el paro más estricto: el impuesto por caracteres perezosos— y después criticaban asegurando a su hijo que esas lecturas no eran más que una pérdida de tiempo.

Pablo pidió asilo en mi casa; se le concedió porque de todas formas ya comía con nosotros todos los días y apenas se notaría que la única cama que quedaba libre en la casa dejara de estar libre.

No recuerdo bien cuántos meses pasaron antes de que los padres de Pablo se acordasen de que tenían un hijo y de que volviesen a sentir algo parecido al amor paternal. El amor en sí no creo que llegaran a sentirlo nunca pues continuaron rechazando ofertas de trabajo que les hubieran permitido alimentarle. De todos modos, cuando le reclamaron, él acudió a su casa como quien acude a filas y se llevó consigo una foto mía.

La foto no permaneció escondida pues la utilizó para presumir de amiga y futura novia entre sus amiguitos del barrio hasta que las noticias del precoz enamoramiento de Pablo llegaron a los oídos de su madre. Ésta le quito la foto, le dio dos tortas y acudió a mi casa a devolvérmela mientras aprovechaba para mirarme por encima del hombro. Nunca he dudado del inmenso placer que debió suponer para ella el poder llamarme “embaucadora”. Ojalá pueda hacer en futuras ocasiones a alguien tan feliz y con tan poco esfuerzo.

Me devolvió la foto. También me dijo que su hijo, por un extraño sentido de la discreción, había escogido no presentar ni mi foto ni nuestro compromiso con mi nombre, sino que pregonaba a los cuatro vientos que su amor se llamaba Jautelina; Jaute para los amigos.