El hombre orquesta lo inició todo

El hombre orquesta paseaba con su guitarra más pequeña y portátil repartiendo buen rollo. Estaba cubierta de sellos de sus viajes alrededor del mundo porque la había llevado a todas partes. Además, no era sólo una guitarra: del clavijero colgaba un sonajero y, en la caja, por debajo del puente, interrumpiendo el arco que dibuja la mano después de rascar la cuerda buscando el reposo, había pegado un timbre de bicicleta. El hombre orquesta también llevaba una armónica sujeta al cuello, frente a sus labios, lista para ser besada, pero a una distancia prudente, por si necesitaba espacio para las palabras.

Se había sentido muy ocioso en un tiempo; cuando niño, en la edad de decidir qué ser de mayor, había optado por ser hombre orquesta, pero no sabía para qué servían ni a qué se dedicaban. Pero eso fue antes de inventárselo él mismo, antes de escoger el buen rollo como forma de vida.

Una vez lo tuvo claro, lo demás fue fácil: iba de pueblo en pueblo, cantando, haciendo feliz a la gente. Sólo conocía una canción, Cumpleaños Feliz, eso sí, en distintos idiomas, pero se dijo, tras consultar las estadísticas, que cualquier población superior a mil habitantes, debía contar casi cada día con un nacimiento y que, bueno, ya tendría que tener mala suerte para cantar en un pueblo un día sin celebración de ninguna clase.

Las mujeres le adoraban. El hombre orquesta las sacaba de su rutina cotidiana deseándoles felicidad. Ellas le pagan dándole dinero, comida, cama y cobijo en sus cuerpos. Él no podía imaginar una vida y trabajo mejores.

Un día, allá por 2007, una de estas mujeres, en uno de aquellos pueblos que rondaba, le dijo que sería genial mantener contacto a través de Facebook. Como él no tenía ni idea de qué hablaba, ella se lo explicó todo. El hombre orquesta le vio muchas posibilidades al asunto, así que volvió a casa, se compró un ordenador, abrió una cuenta de correo y otra en Facebook y luego comenzó a buscar a toda la gente que había conocido en sus viajes. Al principio le impresionó encontrar allí a casi todos; Facebook le parecía un acuario lleno de especímenes y le asustaba un poco la idea de ser uno más, pero pronto se acostumbró, diseñó su página de perfil de forma que destacara su originalidad, lo exclusivo de su personalidad y, luego, abrió también la página de fans del Hombre Orquesta.

Facebook le avisaba cuando había un cumpleaños entre sus amigos y él grababa vídeos en su casa acompañado de la guitarra de matasellos, sonajero y timbre y también de su armónica. Creaba mucha expectación entre sus contactos: todos anhelaban la llegada de su fecha de cumpleaños para ser felicitados de forma tan especial. Además, también grababa vídeos que convertía después en simpáticas tarjetas electrónicas que la gente podía comprar por tan sólo 0,99€.

El éxito fue mucho mayor de lo esperado y, agradecido, el hombre orquesta buscó nuevas formas de cantar y tocar la única canción que conocía, eligió distintos fondos para sus vídeos e intentó personalizar cada felicitación para que todos sus clientes pudiesen entregarlas a sus destinatarios con esa sensación de haber acertado hasta el punto que se convirtieron en el regalo a sus amigos.

El día del cumpleaños del hombre orquesta, Facebook lo anunció a todos sus 789 contactos directos. Y ese día, aquella mujer que lanzara al hombre orquesta la primera invitación para unirse a Facebook y que había entendido su filosofía de vida desde el primer momento, puso en su muro una foto. En la foto salían un perrito y gatito abrazados. Era una imagen muy tierna.

Por cierto, el autético hombre orquesta está aquí:

Shogo, el más grande hombre orquesta

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