Mis domingos favoritos

Fue una decepción terrible descubrir que, a veces, el domingo y la lluvia coincidían. Hasta entonces las mañanas de domingo habían sido siempre perfectas: me despertaba en la casa de Piera al olor del cloro de la piscina en verano y al de la leña, que se quemaba en la estufa del comedor y que a la tarde era acompañada por boniatos, en invierno. No recuerdo primaveras ni otoños: mi cabeza entonces sólo sabía alternar extremos.

Pero las lluvias trajeron los caracoles que alguien de esa casa convertía en algo exquisito y también eran más frecuentes las setas, que me gustan cocinadas de cualquier manera.

Los domingos de campamento comenzaban con el hastío de la misa, que nunca oí excepto estando allí y sólo porque no podía escaparme sin provocar el asombro y la indignación de otros niños y de algunos padres que se empeñaban en visitar a sus hijos. Pero no escuchaba, lo reconozco: yo me pasaba la misa mirando a Toto; con dificultad y por debajo de la línea de mi visera sólo alcanzaba a verle de labios hacia abajo; más que suficiente. A su vez, Toto, si había sido rápido en el desayuno, llegaba a tiempo de colocarse a mi lado en el semicírculo que formábamos alrededor del altar campestre y se pasaría media hora pisando mis botas con cuidado de no hacerme daño para ofrecerse a limpiarlas después, mientras otros dormían la siesta.

Con el tiempo desplacé mi preferencia a los sábados y esto convirtió los domingos en días grises en cualquier estación del año, cualquiera que fuera el clima. Pasaron los domingos a ser el pronóstico del lunes y éste el de una serie de seis días (los miércoles valen por dos) hasta el fin de semana siguiente. El domingo trajo la resaca aunque fuese invitada por el sábado.

Después me fui y llegué a un lugar donde para mí no había ya más sábados ni domingos que lamentar, por eso me parecía cada día el mismo lunes y dejé de mirar el calendario. También dejé de interesarme por el pronóstico del tiempo porque, al final, por muy bueno que sea el drenaje, como suele decirse, llueve sobre mojado y allí llovía siempre. Yo me limitaba a llevar un paraguas en el bolso, por si hiciera falta.

Y claro que está mal haberse acostumbrado a eso: a tolerar la lluvia sin protestar y a no querer saber qué día de la semana es… Por eso volví, por las mañanas de domingo que disfruto ahora todas los días y que siempre anuncian un lunes tolerable que nunca llega.

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